ENTUMERAKIA: un estado que no tenía nombre.
Hay estados que llegan sin llamar.
La tristeza se sienta a nuestro lado.
El miedo irrumpe.
La alegría nos ensancha.
La ira nos atraviesa.
No solemos decidir cuándo aparecen. Forman parte de ese movimiento humano con el que respondemos a lo que vivimos.
Pero quizá exista también otra forma de estar.
No una emoción más entre las emociones, sino un lugar interior desde el que poder habitarlas sin quedar enteramente a merced de ellas.
A veces ocurre.
Por un instante, lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos dejan de tirar cada uno en una dirección. No porque haya desaparecido el conflicto, ni porque todo esté en calma, sino porque algo en nosotros deja de estar dividido.
Sentimiento, pensamiento y acción empiezan a reconocerse como partes de un mismo ser.
Quizá hayamos vivido alguna vez algo parecido sin detenernos a nombrarlo.
Ese instante en el que hacemos exactamente aquello que sentimos que debemos hacer y comprendemos por qué lo hacemos. Ese momento en el que no necesitamos convencernos, justificarnos ni empujarnos. No hay una parte ordenando y otra obedeciendo. No hay que vencer ninguna resistencia para avanzar.
Simplemente, estamos enteros en aquello que hacemos.
ENTUMERAKIA nace para dar nombre a ese estado.
No pretende inventarlo.
Porque poner nombre a algo no hace que exista. Pero puede permitirnos reconocerlo cuando aparece, comprender cuándo nos alejamos de él y aprender el camino de regreso.
ENTUMERAKIA tampoco propone permanecer en una serenidad permanente.
El miedo seguirá llegando.
La tristeza tendrá sus días.
La incertidumbre continuará formando parte de estar vivos.
Integrarse no significa dejar de sentir aquello que nos incomoda. Significa no tener que fragmentarnos cada vez que lo sentimos.
Puedo tener miedo y escucharlo sin entregarle todas mis decisiones.
Puedo estar triste sin obligarme a parecer alegre.
Puedo dudar y, aun así, permanecer conmigo.
Porque quizá la cuestión nunca fue controlar todo cuanto ocurre en nuestro interior, sino aprender a no abandonarnos cuando ocurre.
Y ahí comienza a cambiar algo.
Ya no necesitamos que una parte de nosotros arrastre a las demás. La voluntad deja de parecer una batalla permanente. La acción ya no nace únicamente de la obligación, del miedo o de la fuerza con la que intentamos imponernos un camino.
Empieza a brotar de otro lugar.
Del encuentro.
De ese punto íntimo en el que sentir, pensar y hacer dejan de disputarse nuestra vida y comienzan a caminar en la misma dirección.
No siempre estaremos ahí.
Nos dispersaremos. Nos contradeciremos. Habrá momentos en los que pensaremos una cosa, sentiremos otra y terminaremos haciendo una tercera.
También eso forma parte de ser humanos.
Pero haber conocido alguna vez la sensación de estar enteros cambia algo esencial: sabemos que existe un lugar al que regresar.
Tal vez ENTUMERAKIA sea precisamente eso.
No una meta que alcanzar ni una versión superior de nosotros mismos.
Un modo de volver.
Volver de la dispersión a la presencia.
De la lucha entre nuestras partes al encuentro.
Del esfuerzo por gobernarnos a la posibilidad de habitarnos.
Hasta que sentir, pensar y hacer dejan de ser tres voces intentando dirigir una misma vida.
Y empiezan, por fin, a ser expresión de un mismo ser.
ENTUMERAKIA.
El estado íntegro del ser.
¿Quién decide cuando nadie decide?
Todos entendemos lo que significa la familia, la comunidad, una nación o un Estado, distintas formas de resolver una misma necesidad: organizarnos para hacer juntos aquello que difícilmente podríamos hacer solos.
La estructura permite distribuir funciones, establecer acuerdos, proteger al conjunto, resolver conflictos y facilitar el desarrollo de quienes la integran. Su razón de ser parece bastante sencilla: servir a las personas que la necesitan.
El problema comienza cuando esa relación se invierte y las personas, dejan de utilizar la estructura para organizarse y comienza a exigirse a las personas, que se organicen para preservar la estructura. Y, sobre todo, cuando aquello que hemos creado como instrumento adquiere en nuestro lenguaje las características de un sujeto.
"La familia quiere".
"La institución exige".
"El Estado necesita".
"La ley manda".
"El sistema obliga".
"El programa establece".
Pero, ¿quién es exactamente ese alguien que quiere, exige, necesita, manda, obliga o establece?
CUANDO LA ABSTRACCIÓN EMPIEZA A HABLAR
Una familia está formada por personas pero, «la familia» no es una persona. Un Estado posee instituciones, normas y continuidad pero, «el Estado» no se levanta por la mañana y toma decisiones.
Un programa puede establecer qué debe enseñarse a determinada edad pero, el programa nunca escribió una sola línea de sí mismo. Y, sin embargo, hemos aprendido a relacionarnos con esas abstracciones como si poseyeran voluntad propia.
—"No lo he decidido yo. Es lo mejor para la familia".
—"Son normas de la institución".
—"Es una cuestión de Estado".
—"Lo establece la ley".
—"Así funciona el sistema".
—"Es el programa".
Todas esas afirmaciones pueden describir perfectamente el marco dentro del cual alguien actúa pero, ninguna responde todavía a una pregunta mucho más elemental:
¿Quién tomó la decisión? Porque la tradición no habla, la institución no firma, el sistema no levanta la mano y el programa no escribe; las únicas manos que existen siguen siendo humanas.
CUÁNDO SE SUSTITUYÓ DIOS POR ESTADO
Durante siglos resultó habitual atribuir a una instancia invisible y superior la procedencia última de determinadas normas.
«Es voluntad de Dios.»
Y entre ese Dios y el individuo aparecieron intermediarios capaces de interpretar su voluntad, establecer sus preceptos y determinar las consecuencias de incumplirlos.
No necesitamos discutir aquí acerca de la existencia de Dios. Lo que interesa observar es la estructura de la relación.
Existe una instancia superior.
Existe alguien que habla en su nombre.
Existe una norma.
Existe alguien encargado de aplicarla.
Y existe finalmente una persona concreta sobre la que recaen sus consecuencias.
Con el tiempo hemos construido otras instancias superiores. No son equivalentes entre sí ni unas han sustituido literalmente a otras. Pero merece la pena preguntarnos si hemos conservado parte del mismo mecanismo psicológico:
situar la procedencia última de determinadas decisiones en un lugar situado más allá de las personas que las toman.
Quizá hayan cambiado los nombres sin que haya desaparecido nuestra costumbre de mirar hacia arriba.
LA EXTRAÑA DIRECCIÓN DE LA RESPONSABILIDAD
Hay algo particularmente curioso en este mecanismo.
Cuando la responsabilidad circula desde arriba hacia abajo, parece encontrar con extraordinaria facilidad a una persona.
Tú incumpliste.
Tú debes.
Tú pagas.
Tú respondes.
Tú serás sancionado.
La responsabilidad atraviesa instituciones, reglamentos, departamentos y procedimientos hasta alcanzar finalmente al individuo.
Pero intentemos recorrer el camino contrario.
Preguntemos quién decidió.
—Yo no. Es el programa.
¿Quién decidió el programa?
—El departamento.
¿Quién lo estableció?
—La administración.
¿Quién decidió en la administración?
—Es lo que marca la normativa.
¿Quién estableció la normativa?
—Es la ley.
Seguimos ascendiendo hasta que, en algún momento, sucede algo extraordinario:
dejamos de encontrar personas.
No necesariamente porque no existan.
Sino porque hemos llegado a una palabra que aceptamos como respuesta.
Como si finalmente hubiéramos llegado a una nube.
Una nube insustancial hacia la que todos podemos señalar mientras aceptamos:
«Es así como funciona.»
Pero «es el sistema» no responde a quién decidió.
Quizá simplemente explique por qué hemos dejado de preguntar.
LA NUBE
¿Y si continuáramos preguntando?
¿Quién decidió esto?
¿Quién decidió la norma que permitió decidirlo?
¿Quién decidió que esa persona podía decidirlo?
¿Qué parte decidió cada uno?
¿Quién podía impedirlo?
¿Quién decidió no impedirlo?
¿En qué momento una sucesión de decisiones humanas pasó a convertirse en algo que aparentemente decide por sí mismo?
Y quizá la pregunta más incómoda:
¿Cuándo dejamos de considerar persona a quien decide porque lo hace desde una institución?
Porque detrás del cargo continúa existiendo alguien.
El juez continúa siendo una persona cuando sentencia.
El político continúa siendo una persona cuando vota.
El funcionario continúa siendo una persona cuando ejecuta.
El empresario continúa siendo una persona cuando ordena.
El profesor continúa siendo una persona cuando aplica un programa.
Eso no significa que todos posean la misma capacidad de decisión ni, por tanto, idéntica responsabilidad.
Precisamente por eso quizá llevemos demasiado tiempo formulando mal la pregunta.
¿QUIÉN DECIDIÓ?
En una estructura compleja puede ocurrir que realmente nadie haya tomado individualmente toda la decisión.
Uno propuso.
Otro redactó.
Otro modificó.
Otro aprobó.
Otro interpretó.
Otro ejecutó.
Y quizá ninguno pueda afirmar honestamente:
«Yo decidí todo esto.»
Pero de ahí no se desprende que nadie decidiera nada.
**Una decisión puede estar distribuida.
La responsabilidad también puede estarlo.**
Lo que resulta mucho más discutible es que distribuir la decisión deba significar disolver la responsabilidad.
Quizá por eso, en lugar de preguntar únicamente:
¿Quién decidió esto?
deberíamos empezar preguntando a cada participante:
¿Qué parte de esto sí decidiste tú?
La diferencia parece pequeña.
No lo es.
Porque ya no buscamos un gran responsable situado en la cúspide.
Tampoco culpamos al último eslabón por una decisión que apenas podía modificar.
Estamos devolviendo a cada persona exactamente la pregunta que le corresponde.
¿Qué podías decidir?
¿Qué decidiste?
¿Qué podías impedir?
¿Qué consentiste?
¿Qué ejecutaste?
¿Qué responsabilidad corresponde a esa parte?
Tal vez nadie sea responsable de todo.
Pero eso no convierte a todos en responsables de nada.
EN NOMBRE DE ALGO SUPERIOR
Aquí aparece otra posibilidad mucho más delicada.
Una estructura creada para favorecer a sus miembros puede convertirse en el lugar desde el cual determinados intereses particulares adquieren apariencia de interés colectivo.
No digo:
«Yo quiero esto.»
Digo:
«Es lo mejor para la familia.»
No digo:
«Esto favorece mi posición.»
Digo:
«Es necesario para la institución.»
No digo:
«He decidido imponerte esto.»
Digo:
«Es necesario para todos.»
Y entonces mi voluntad deja aparentemente de enfrentarse a la tuya.
Entre nosotros ha aparecido algo superior.
Mi decisión puede adquirir así la autoridad simbólica de aquello en cuyo nombre digo actuar.
Esto no significa que detrás de toda decisión exista necesariamente un interés particular oculto.
Significa algo bastante más sencillo y quizá más importante:
una abstracción proporciona un lugar extraordinariamente eficaz donde un interés particular puede presentarse como interés colectivo.
Y entonces deberíamos atrevernos a preguntar:
Cuando alguien afirma actuar «por el bien de todos», ¿dónde termina el bien de todos y comienza el interés de quien lo decide?
CUANDO EL INSTRUMENTO SE CONVIERTE EN FINALIDAD
Toda estructura necesita cierta estabilidad para cumplir su función.
Necesita organización, recursos y continuidad.
Hasta aquí parece razonable.
Pero aparece una frontera extraordinariamente difícil de distinguir:
¿qué ocurre cuando preservar el instrumento comienza a resultar más importante que cumplir la finalidad para la que fue creado?
Una organización puede desarrollar intereses relacionados con su propia continuidad, financiación, influencia, expansión o poder.
Quienes actúan dentro de ella pueden comenzar a proteger esos intereses convencidos incluso de estar protegiendo la finalidad original.
Y entonces puede producirse la inversión completa:
la estructura creada para servir a las personas termina necesitando que las personas sirvan a la estructura.
Por eso quizá haya una pregunta anterior incluso a quién decide:
¿Quién sirve a quién?
Si una estructura existe para favorecer el desarrollo y bienestar de las personas, deberíamos poder preguntarnos en todo momento:
¿En qué momento preservar la estructura puede justificar perjudicar a las personas para las que fue creada?
Y todavía otra:
Cuando preservar el instrumento entra en conflicto con la finalidad para la que fue creado, ¿qué estamos protegiendo realmente?
EL VALOR DE LO QUE NO TIENE VALOR
El dinero ofrece una imagen particularmente interesante de este mecanismo.
Un billete puede llevar impreso un valor, pero ese valor no está contenido en el papel. Una cifra puede aparecer en una cuenta sin que dentro de ella exista aquello que esa cifra dice representar.
El valor ha sido atribuido.
Sin embargo, cuando ese valor llega al individuo, deja de ser una simple representación.
Para conseguirlo entrega horas de su vida, trabajo, conocimientos, bienes o recursos reales. Y cuando contrae una deuda, aquello que deberá entregar para satisfacerla tampoco será imaginario: será nuevamente parte de su trabajo, de sus bienes o de su tiempo.
Ahí aparece una asimetría llamativa:
en un extremo puede crearse o modificarse la representación del valor; en el otro, alguien tendrá que responder a ese valor con algo real.
No se trata de negar la utilidad del dinero ni la necesidad de disponer de un medio común de intercambio.
La cuestión es observar hasta qué punto somos capaces de otorgar realidad operativa a una construcción abstracta y permitir después que determine obligaciones absolutamente concretas sobre las personas.
Y quizá ahí esté la verdadera razón para traer el dinero hasta esta reflexión:
lo que hemos creado para organizar nuestra realidad puede terminar adquiriendo sobre nosotros una autoridad que olvidamos que nosotros mismos le concedimos.
Pero llegado el momento de producir sus consecuencias, la abstracción vuelve a desaparecer.
**Una persona real las recibe.
Y otra persona real participa en producirlas.**
CUANDO NADIE QUIERE EL RESULTADO
Existe todavía una posibilidad especialmente paradójica.
Puede suceder que el resultado final ni siquiera sea deseado por ninguna de las personas que participan en producirlo.
Cada una protege su pequeña parcela.
Su puesto.
Su departamento.
Su organización.
Su prestigio.
Su tranquilidad.
Su interés.
Cada decisión aislada puede resultar incluso comprensible desde la posición de quien la toma.
Y, sin embargo, la suma de todas ellas puede producir un resultado perjudicial para todos.
Incluso para quienes estaban intentando proteger sus propios intereses.
No necesitamos entonces imaginar que una estructura posee instinto de supervivencia.
Son personas tomando decisiones dentro de ella cuyos efectos acumulados pueden terminar deteriorando aquello mismo de lo que dependen.
El interés particular puede alcanzar así una paradoja extrema:
protegerse hasta destruir las condiciones que permiten aquello que pretendíamos proteger.
Decir que «el sistema se devora a sí mismo» puede ser una buena metáfora.
Pero quizá deberíamos acostumbrarnos inmediatamente a formular otra pregunta:
Sí... ¿pero qué personas están dando cada mordisco?
¿QUIÉN DECIDE CUANDO NADIE DECIDE?
Tal vez llevemos demasiado tiempo buscando a «ellos».
Ellos deciden.
Ellos mandan.
Ellos controlan.
Ellos se benefician.
Pero cuando preguntamos quiénes son «ellos», corremos el riesgo de construir otra entidad imaginaria y colocarla exactamente en el mismo lugar que pretendíamos investigar.
Quizá no haya que buscar un rostro oculto detrás de la nube.
Quizá haya que hacer justamente lo contrario:
disipar la nube y volver a mirar los rostros que tenemos delante.
No para encontrar un culpable universal.
No para negar la necesidad de estructuras que permitan organizarnos.
No para atribuir a cada individuo una libertad que muchas veces no posee.
Sino para recordar algo mucho más elemental:
una estructura puede condicionar una decisión.
Puede limitarla.
Puede distribuirla.
Puede dificultar enormemente actuar de otra manera.
Pero nunca puede levantar una mano.
Nunca puede firmar.
Nunca puede pulsar un botón.
Nunca puede pronunciar una orden.
Siempre habrá una persona haciéndolo.
Y quizá por eso, cuando volvamos a mirar hacia esa nube insustancial y alguien diga:
«Es que funciona así»,
merezca la pena continuar preguntando.
¿Quién lo decidió?
¿Qué parte decidiste tú?
¿Quién podía cambiarlo?
¿Quién decidió mantenerlo?
¿A quién beneficia?
¿A quién perjudica?
¿Continúa sirviendo a aquello para lo que fue creado?
Y, sobre todo:
si cuando la responsabilidad desciende siempre termina encontrando al individuo, ¿por qué cuando asciende permitimos que el individuo desaparezca?
Quizá la pregunta nunca haya sido únicamente:
¿Quién decide cuando nadie decide?
Quizá también sea:
¿En qué momento aceptamos que nadie decidía?
Hay una manera peculiar de preguntar sobre alguien que todavía es habitual en algunos lugares:
«¿Tú, de quién eres?»
No pregunta quién eres, sino de quién.
Puede parecer una simple manera de conocer nuestra procedencia, de situarnos en una familia, una casa o un linaje. Y probablemente así sea para quien la formula. Pero contiene también el vestigio de una idea profundamente normalizada: antes de ser alguien, pertenecemos a alguien.
Y quizá ahí comience el problema.
Nacemos dentro de una familia, un clan, una nación, una cultura y unas creencias. Ninguna de estas pertenencias es mala en sí misma. Al contrario: pueden protegernos, proporcionarnos referencias, lenguaje, memoria, afecto y un lugar desde el que comenzar a descubrir el mundo.
Toda estructura que está creciendo necesita inicialmente un andamio.
El problema comienza cuando el andamio no está concebido para retirarse.
Cuando aquello que debía sostener el desarrollo empieza a determinar su dirección, deja de comportarse únicamente como sostén y comienza a parecerse al alambre que guía un bonsái: acompaña su crecimiento, sí, pero para imponerle una forma previamente decidida.
Y hay algo especialmente inquietante en esa imagen: el alambre no necesita odiar al árbol para deformarlo. Puede cuidarlo, regarlo y protegerlo mientras determina cuidadosamente la dirección de cada una de sus ramas.
También nosotros podemos amar profundamente a alguien y, sin advertirlo, dificultar que llegue a ser distinto de aquello que habíamos imaginado.
Porque existe un amor que todavía no ha aprendido a distinguir entre amar y proyectarse sobre aquello que ama.
La pertenencia deja entonces de ofrecer raíces y empieza a imponer forma.
Pero antes incluso de hablar de pertenencia quizá convenga retroceder un poco más.
Antes del hijo está el deseo de tenerlo.
Y pocas decisiones humanas resultan tan reveladoras cuando preguntamos simplemente:
«¿Por qué quieres tener un hijo?»
Muchas respuestas, aun siendo perfectamente comprensibles, hablan de todos excepto de aquel que va a nacer.
«Me hace ilusión.»
«Quiero sentir lo que significa ser madre o padre.»
«Quiero tener algo nuestro.»
«Mis padres quieren ser abuelos.»
«Quiero continuar mi apellido.»
«Siempre he pensado que tendría hijos.»
«Es lo que toca ahora.»
«Quizá un hijo nos una más.»
«No quiero quedarme solo.»
Los motivos pueden ser infinitos y muy diferentes entre sí. No se trata de juzgarlos ni de establecer cuáles son legítimos.
Se trata simplemente de advertir algo:
¿Dónde está el niño en todos ellos?
Puede existir una enorme emoción alrededor de alguien que todavía no está siendo visto.
Imaginamos su llegada. Imaginamos cómo será nuestra vida con él. Imaginamos su rostro, su carácter, sus capacidades, sus semejanzas e incluso quién llegará a ser.
Y mientras imaginamos al niño podemos olvidarnos del individuo.
Porque el hijo imaginado nos pertenece por completo: está construido con nuestras expectativas, deseos, carencias e ilusiones.
Pero el que finalmente llegue, no.
Será otro.
Quizá prepararse verdaderamente para recibirlo exija entonces algo mucho más difícil que desearlo: no imaginar quién será, sino estar dispuesto a descubrirlo.
El barco
Imaginemos ahora que realizamos una larga travesía en un barco.
Antes de incorporar nuevos pasajeros nos preguntaríamos por el espacio, los recursos, la estabilidad de la embarcación y nuestra capacidad para responsabilizarnos de quien llega.
No porque el nuevo pasajero tenga que justificar su presencia siendo útil al barco. Precisamente al contrario: porque traerlo a bordo significa asumir una responsabilidad hacia él.
Aplicada al nacimiento de un hijo, la metáfora puede parecer extraña, pero permite formular una pregunta que el deseo, por sí solo, no siempre contempla:
¿Estamos en condiciones de recibir a una persona?
No una prolongación de nosotros.
No alguien que venga a reparar nuestras carencias.
No el depositario de nuestros sueños.
No el garante de nuestro apellido.
No alguien encargado de justificar nuestra existencia, salvar nuestra relación o acompañarnos cuando envejezcamos.
Una persona.
Alguien cuya vida comenzará como consecuencia de una decisión que otros tomaron por él, consciente o inconscientemente.
Por eso quizá exista una diferencia fundamental entre desear que un hijo forme parte de nuestra vida y estar dispuestos a formar parte de la suya.
En el primer caso todavía podemos estar mirando nuestra expectativa.
En el segundo comenzamos a verlo a él.
Quien toma la decisión contrae la responsabilidad. Quien nace no contrae una deuda.
El falso deber de la sangre
Quizá la consanguinidad sea uno de los ejemplos más profundos de cómo esa responsabilidad puede terminar invirtiéndose.
La sangre establece una procedencia que no hemos elegido, pero sobre ese hecho biológico hemos acumulado durante siglos derechos, herencias, apellidos, privilegios, obligaciones y deberes emocionales.
«Es tu padre.»
«Es tu madre.»
«Es tu hijo.»
Y detrás de esas afirmaciones aparece frecuentemente una conclusión silenciosa:
«Por tanto, debes...»
La procedencia acaba convertida en deuda.
«Después de todo lo que hemos hecho por ti.»
«Te hemos dado la vida.»
«Somos tu familia.»
Pero quien decidió traer aquella vida al mundo fue precisamente quien asumió la responsabilidad de cuidarla.
El recién nacido no solicitó existir. No pidió aquellos padres, no eligió aquel apellido, no escogió aquella cultura ni firmó al nacer ningún contrato de devolución.
Y, sin embargo, aquello que comenzó siendo responsabilidad del adulto puede terminar transformándose, con los años, en deuda del hijo.
Es el falso deber de la sangre:
«Por venir de ti, debo ser de ti.»
Pero proceder de alguien no significa pertenecerle.
Cuando amar también puede impedir
Podemos recibir una herencia sin convertirnos en instrumento de su perpetuación.
Podemos pertenecer a una familia sin ser propiedad de ella.
Podemos amar nuestra cultura sin tener que reproducirla íntegramente.
Y podemos conocer nuestras raíces sin obligar a nuestras ramas a crecer en la dirección que aquellas decidieron.
Porque quizá una de las formas más silenciosas de impedir que alguien llegue a vivir plenamente no consista en arrebatarle la vida, sino en permitirle vivir únicamente a condición de que sea aquello que esperábamos que fuese.
El cuerpo seguirá creciendo. Aprenderá, trabajará, establecerá relaciones y cumplirá años. Desde fuera, nada parecerá haber muerto.
Y, sin embargo, puede quedar sepultada una posibilidad esencial: descubrir quién habría llegado a ser aquella persona sin la obligación de convertirse en alguien previamente imaginado.
Tal vez eso explique tantas vidas aparentemente completas habitadas por personas que, en algún momento, ya no saben distinguir entre aquello que eligieron y aquello que aprendieron que debían elegir.
Las raíces deberían explicar de dónde viene el árbol.
No decidir hacia dónde deben crecer sus ramas.
Retirar el andamio
Quizá una sociedad verdaderamente protectora del individuo no sea aquella que consigue transmitir intacta su propia forma a la siguiente generación, sino aquella capaz de ofrecerle suficiente apoyo para que llegue un día en que ya no lo necesite.
Tal vez ahí se encuentre también una de las expresiones más difíciles del amor: acompañar sin apropiarse, proteger sin encerrar, orientar sin decidir el destino y, finalmente, saber retirarse.
Porque el propósito del andamio no es permanecer unido al edificio.
Es permitir que el edificio llegue a sostenerse por sí mismo.
Y quizá también sea esa la diferencia entre tener un hijo y recibir a un nuevo ser.
Entonces aquella pregunta inicial adquiere otro significado:
«¿Tú, de quién eres?»
Podemos responder de dónde venimos.
Podemos reconocer a quienes nos precedieron, honrar cuanto recibimos y agradecer profundamente a quienes nos sostuvieron mientras aprendíamos a sostenernos.
Pero sin confundir gratitud con deuda.
Procedencia con propiedad.
Amor con pertenencia.
Porque quizá la pregunta nunca debió ser de quién somos.
Quizá bastaba con preguntarnos quiénes somos cuando ya no necesitamos ser de nadie.
Una vez, un peluquero comenzó a cortarme el pelo de una forma extraña. Al preguntarle qué estaba haciendo, me respondió:
—Estoy intentando tapar sus entradas.
Sonreí y le contesté:
—No se preocupe. No tengo ningún problema con ellas.
Aquella pequeña anécdota me dejó pensando en algo curioso: muchas veces alguien puede intentar resolver en nosotros un problema que nosotros nunca habíamos tenido.
Mis entradas estaban allí. Eso era un hecho. Que debieran ocultarse era otra cosa.
Entre ambas afirmaciones había ocurrido algo casi imperceptible: una característica se había convertido en defecto.
Y quizá una parte importante del mundo de la apariencia comience precisamente ahí.
Cuidarnos, vestirnos, adornarnos o modificar nuestro aspecto forma parte de nuestra manera de expresarnos. Lo hemos hecho prácticamente desde que somos humanos. Tejidos, colores, peinados, joyas, pinturas, uniformes y ornamentos han servido para reconocernos, diferenciarnos, celebrar, seducir, representar una función o mostrar la pertenencia a un grupo.
La apariencia nunca ha sido solamente apariencia. También ha sido lenguaje.
Una corona distinguía al rey. Un hábito identificaba al religioso. Un uniforme señalaba una función. Determinados tejidos, colores o adornos estuvieron reservados durante siglos a quienes ocupaban ciertas posiciones sociales. Antes de que existieran las marcas comerciales ya habíamos aprendido a decir muchas cosas sobre nosotros mediante aquello que llevábamos encima.
La industria no inventó esa necesidad de distinguirnos. Encontró algo mucho más valioso: un lenguaje que ya conocíamos y aprendió a hablarlo.
Y a venderlo.
Pero para vender una solución de manera continuada resulta especialmente eficaz que exista primero un problema que resolver.
El cabello encanece.
La piel cambia.
El cuerpo envejece.
Las modas pasan.
Nada de ello necesita constituir necesariamente un problema. Pero puede llegar a serlo en cuanto aparece un modelo que establece cómo deberíamos parecernos.
A partir de ese momento ya no contemplamos únicamente nuestro aspecto. Comenzamos a compararlo.
Y entre lo que somos y aquello que se nos presenta como deseable aparece una distancia.
Precisamente en esa distancia cabe un mercado entero.
Productos para acercarnos al modelo. Prendas para pertenecer. Tratamientos para retrasar determinados signos. Objetos capaces de comunicar éxito, juventud, exclusividad o posición. Y cuando finalmente alcanzamos aquello que se nos proponía, el modelo puede volver a cambiar.
Así la necesidad nunca termina de satisfacerse porque tampoco permanece quieto aquello que supuestamente debía satisfacerla.
No hace falta imaginar una gran conspiración detrás de ello. Basta comprender cómo funciona un mercado: allí donde existe un deseo existe una posibilidad de ofrecer algo para satisfacerlo; y allí donde puede estimularse ese deseo, la posibilidad aumenta.
Pero tampoco toda la responsabilidad pertenece a quien vende.
Porque nosotros también miramos.
Comparamos.
Admiramos.
Clasificamos.
Deseamos pertenecer y, algunas veces, distinguirnos de quienes pertenecen.
Una determinada prenda puede proteger del frío, pero también decir quién puede permitírsela. Un reloj puede indicar la hora y al mismo tiempo comunicar posición. Un automóvil puede transportarnos y convertirse además en una declaración. El objeto conserva su función, pero adquiere otra mucho menos visible: representar a quien lo posee.
Entonces ya no compramos solamente cosas.
Compramos significados.
Y quizá por eso la apariencia ha sido siempre una herramienta tan poderosa para señalar diferencias entre personas. Lo externo permite hacer visible aquello que una sociedad ha decidido valorar: rango, riqueza, profesión, pertenencia, juventud, éxito o exclusividad.
El problema no está en disfrutar de todo ello.
Sería absurdo convertir la sencillez en otro uniforme obligatorio.
Podemos disfrutar de una prenda magnífica, de un buen perfume, de un corte de pelo, de una joya o de cualquier cosa que nos guste. Renunciar al adorno no nos hace necesariamente más auténticos, del mismo modo que utilizarlo no nos convierte necesariamente en superficiales.
La cuestión quizá sea otra:
¿Estoy utilizando esto para expresarme o lo necesito para sentir que soy aceptable?
Porque existe una diferencia entre adornarse y corregirse constantemente.
Entre elegir una imagen y depender de ella.
Entre disfrutar de aquello que llevamos y necesitar que aquello que llevamos explique nuestro valor.
Un árbol no intenta ocultar que han pasado inviernos por sus ramas. Una roca no necesita parecer recién formada. Nosotros, en cambio, poseemos la extraordinaria capacidad de intervenir sobre nuestra apariencia, jugar con ella y convertirla en expresión.
Quizá la dificultad comience cuando dejamos de jugar.
Cuando aquello que utilizábamos para adornarnos empieza a decirnos cómo debemos ser.
Entonces el adorno deja de acompañarnos y comienza a sustituirnos.
Por eso la elegancia quizá tenga menos que ver con alcanzar una determinada imagen que con la relación que mantenemos con ella.
La elegancia no consiste en disfrazar lo que no eres, sino en adornar lo que ya es.
Y tal vez la pregunta no sea cuánto cuidamos nuestra apariencia, sino algo bastante más incómodo:
¿Cuántas de las cosas que hoy intentamos corregir en nosotros fueron realmente un problema antes de que alguien nos enseñara a verlas como tal?
Como sentir a tu ser interno
Muchas personas emprenden un camino de introspección porque, en algún momento, alguien les ha dicho:
«Busca tu ser en tu interior».
Y, casi sin darse cuenta, comienzan una búsqueda imposible.
La frase parece invitar al autoconocimiento, pero contiene una pequeña trampa: si tengo que buscar mi ser, significa que quien busca y aquello que debe ser encontrado son dos cosas diferentes.
Yo estoy aquí.
Mi ser debe de estar en alguna parte.
Y comienza la exploración.
¿Qué debería sentir? ¿Una presencia especial? ¿Una voz? ¿Una emoción profunda? ¿Una energía diferente? ¿Una certeza absoluta? ¿Una especie de señal interior que confirme que, por fin, he llegado hasta mí?
Cuanto más se busca, más fácil resulta imaginar que todavía falta algo.
Quizá no he profundizado suficiente.
Quizá necesito aprender a meditar mejor.
Quizá todavía pienso demasiado.
Quizá no sé escucharme.
Quizá mi ser está ahí, pero aún no he aprendido a sentirlo.
Y así puede ocurrir algo paradójico: intentar acercarme a mí mismo termina aumentando la distancia que creo que existe entre quien soy y yo.
Hay búsquedas que no nos acercan a nosotros mismos; son precisamente las que mantienen la distancia necesaria para seguir buscándonos.
Es como entrar en una habitación y preguntar:
«¿Dónde está la habitación?».
Podemos tocar sus paredes, medirlas, observar el techo, recorrer el suelo, abrir las ventanas. Todo eso puede describirse porque son elementos contenidos en ella.
Pero la habitación no es una de sus paredes.
Es el espacio que todas ellas delimitan y que permite habitarla.
Buscar el ser como buscamos una pared reproduce una confusión semejante. Pretendemos encontrarlo convertido en algo perceptible: una sensación, un pensamiento, una emoción, una experiencia extraordinaria.
Pero todo eso ocurre en nosotros.
Y quizá por eso la pregunta «¿cómo puedo sentir a mi ser interior?» contiene ya la separación que pretende resolver.
Porque ¿quién tendría que sentir a quién?
Cuando digo «quiero sentir mi ser», me sitúo sin advertirlo frente a mí mismo. Creo un observador y algo que debe ser observado. Uno que busca y otro que permanece escondido esperando ser encontrado.
La búsqueda nace de la fractura y, mientras conserve esa estructura, puede terminar alimentándola.
Sentimiento, pensamiento y acción continúan funcionando como territorios distintos, mientras esperamos que aparezca un cuarto elemento que venga a revelarnos quiénes somos.
Pero quizá no falta ningún cuarto elemento.
Quizá falta dejar de vivir divididos entre los tres que ya están.
Cuando lo que siento, lo que pienso y lo que hago dejan de caminar cada uno en una dirección diferente, no aparece necesariamente ninguna sensación extraordinaria. Lo que desaparece es parte de la distancia desde la que intentaba encontrarme.
Ya no necesito observarme desde fuera.
Me habito.
Eso es entumerakia.
No encontrar algo escondido dentro de uno mismo, sino recuperar la coherencia suficiente para dejar de sentirse separado de aquello que ya es.
No una visión.
No una voz.
No un mensaje oculto.
No una experiencia reservada para quienes han aprendido alguna forma especial de llegar hasta sí mismos.
Algo mucho más sencillo.
Y precisamente por ello, quizá mucho más difícil de reconocer.
Porque llevamos tanto tiempo buscando señales de nuestra propia presencia que podemos terminar esperando sentirnos como sentimos cualquier otra cosa.
Pero uno no necesita tocar la habitación para comprobar que está dentro de ella.
Necesita habitarla.
Quizá, entonces, la pregunta no sea:
«¿Cómo puedo sentir a mi ser interior?».
Sino otra bastante más incómoda:
¿Qué estoy haciendo para seguir sintiéndome separado de él?
La pareja no es el objetivo, es el resultado
Con frecuencia representamos la vida como una carrera de obstáculos en la que, delante de nosotros, aparecen una serie de vallas que de alguna manera se supone que debemos ir superando para considerar que nuestra vida avanza correctamente: una formación, un trabajo, cierta estabilidad económica, una casa, una pareja, una familia.
No todos deseamos lo mismo ni recorremos necesariamente ese itinerario, pero resulta difícil escapar por completo de una idea que hemos normalizado: para que una vida pueda considerarse plena parece necesitar determinados elementos externos que la completen. Y entre ellos, la pareja ocupa un lugar privilegiado.
«Encontrar pareja» llega incluso a convertirse en un objetivo. La expresión resulta interesante porque presupone que hay algo que todavía no tenemos y cuya aparición modificará sustancialmente nuestra vida. Alguien con quien sentirnos acompañados, que nos comprenda, nos quiera, nos dé seguridad, nos haga sentir importantes, alivie nuestra soledad o, sencillamente, nos haga felices.
Nada de eso parece extraño. El ser humano necesita vínculos, afecto, contacto, intimidad, cuidado y compañía. El problema no está en necesitar a los demás, sino en necesitar que los demás nos proporcionen aquello que creemos imprescindible para sentirnos completos.
Porque entonces ocurre algo curioso: antes incluso de conocer a la persona que llegará a nuestra vida, ya le hemos preparado un puesto de trabajo. Tendrá funciones que cumplir. Deberá hacernos sentir queridos, acompañados, reconocidos, seguros o deseados; tendrá que comprendernos, apoyarnos y responder de determinada manera ante nuestras necesidades. Y podemos terminar llamando «encontrar a la persona adecuada» a encontrar a alguien capaz de desempeñar suficientemente bien esas funciones.
Quizá por eso algunas relaciones comienzan mucho antes de que dos personas se conozcan. Comienzan cuando cada una construye aquello que espera obtener de la otra. Entonces ya no nos encontramos únicamente con alguien; nos encontramos también con nuestras expectativas. Y cuanto mayor sea la carencia desde la que llegamos, mayor será la responsabilidad que depositaremos sobre quien tenemos delante.
Queremos que alguien nos complete porque previamente hemos aceptado que estamos incompletos; que alguien nos haga felices porque hemos colocado nuestra felicidad al otro lado de su presencia; que alguien nos dé seguridad porque hemos convertido su permanencia en garantía de nuestra estabilidad; que alguien evite nuestra soledad porque hemos confundido estar solos con estar faltos de algo.
Y quizá ahí hemos alterado el orden.
Primero buscamos pareja para alcanzar después, a través de ella, aquello que creemos necesitar para sentirnos plenos. Pero ¿qué ocurre si invertimos el recorrido? Tal vez no se trate primero de encontrar con quién compartir nuestra vida, sino de observar desde qué vida vamos a compartirnos.
Porque integridad no significa autosuficiencia. Ser íntegro no consiste en no necesitar a nadie, no pedir ayuda, no necesitar afecto o poder vivir aislado de los demás. Eso no sería necesariamente integridad; podría ser simplemente otra forma de separación.
La integridad no elimina el vínculo. Cambia el lugar desde el que nos vinculamos.
Cuando sentimiento, pensamiento y acción recuperan su coherencia, el otro deja de tener que resolver nuestra fragmentación. Podemos necesitarlo sin convertirlo en responsable de completarnos, recibir sin exigir que nos abastezca, apoyarnos sin trasladarle la responsabilidad de sostenernos y amar sin encargarle la tarea de hacernos sentir dignos de ser amados.
Y entonces aparece otra posibilidad de relación: nutrir.
Nutrir no significa únicamente dar. Significa que aquello que entregamos procede de algo que ya podemos poner en común. Porque cuando llegamos al vínculo fundamentalmente para obtener aquello que sentimos que nos falta, la relación puede convertirse, sin que siquiera seamos conscientes de ello, en un intercambio de carencias: uno necesita sentirse reconocido y el otro sentirse necesario; uno teme quedarse solo y el otro no ser querido; uno necesita seguridad y el otro controlar. Y ambos pueden llamar amor al acuerdo mediante el cual cada uno intenta obtener del otro aquello que todavía no sabe sostener en sí mismo.
No hace falta que exista mala intención, ni siquiera que alguno sea consciente de ello. Pero la buena intención no cambia el mecanismo. Cuando damos desde la carencia esperando que el otro reponga continuamente aquello que entregamos, el vínculo puede desgastar; cuando necesitamos su presencia para sostenernos, podemos depender; cuando convertimos su energía, atención o afecto en alimento imprescindible para nuestra estabilidad, podemos parasitar; y cuando empezamos a considerar que aquello que el otro posee nos corresponde porque lo necesitamos, podemos terminar apropiándonos de ello.
Quizá por eso la integridad sea tan importante antes de hablar de pareja. No porque nos convierta en seres autosuficientes, sino precisamente porque nos permite encontrarnos con otro sin exigirle que deje de ser quien es para convertirse en aquello que necesitamos.
La integridad no consiste en no necesitar a los demás, sino en no necesitar vaciarlos para poder llenarnos.
Desde ahí, una pareja deja de ser necesariamente un objetivo que alcanzar y puede convertirse en un resultado. No en un premio que la vida concede a quien ha aprendido a estar bien consigo mismo. No existe ninguna garantía de que una persona íntegra vaya a encontrar pareja, ni la ausencia de pareja demuestra que falte algo por resolver.
El resultado del que hablamos es otro: el que aparece cuando dos personas pueden encontrarse sin encomendarse mutuamente la tarea de completarse. No llegan vacías ni tampoco terminadas. Llegan vivas, con necesidades, fragilidades, deseos, miedos, contradicciones e incertidumbres, pero sin convertir todo ello en una deuda que el otro tendrá que pagar.
Entonces compartir adquiere otro significado. Ya no llego únicamente preguntando qué puedes darme. También puedo preguntarme qué llevo yo a este encuentro, qué puedo cuidar, qué puedo ofrecer y qué podemos nutrir juntos.
Y quizá aquí convenga invertir también otra costumbre.
Cuando imaginamos a la persona con quien nos gustaría compartir nuestra vida, solemos describir con bastante precisión aquello que esperamos encontrar en ella. Queremos que sea afectuosa, honesta, madura, independiente, comprensiva, divertida, estable; que sepa escuchar, que respete nuestro espacio, que tenga inquietudes, que nos cuide sin invadirnos y que pueda caminar a nuestro lado sin depender de nosotros.
Podemos llegar a tener bastante claro lo que pedimos.
Lo que quizá no nos preguntamos con la misma frecuencia es si sabemos ofrecerlo.
Porque querer alguien que sepa escuchar también invita a preguntarnos cómo escuchamos nosotros. Desear una persona que respete nuestra libertad obliga a mirar qué hacemos con la suya. Pedir madurez emocional debería permitirnos observar cómo gestionamos nuestras propias emociones. Y esperar alguien que no dependa de nosotros también plantea una cuestión bastante incómoda: si podríamos relacionarnos con alguien que no necesitara necesitarnos.
No se trata de estar «a la altura» para merecer una pareja determinada ni de convertirnos previamente en una versión perfecta de nosotros mismos. Volveríamos a transformar la relación en otro examen que superar. Se trata simplemente de aplicar hacia este lado del encuentro el mismo criterio que utilizamos cuando miramos hacia el otro.
Quizá dedicamos demasiado tiempo a imaginar qué esperamos encontrar en alguien y demasiado poco a preguntarnos qué encontrará ese alguien cuando nos encuentre a nosotros.
Entonces la búsqueda de «la persona adecuada» cambia de significado. Ya no consiste únicamente en localizar a alguien que reúna aquello que deseamos, porque aparece una pregunta que hasta ese momento quizá habíamos olvidado: ¿soy yo capaz de ofrecer relacionalmente aquello que espero recibir?
Quizá una pareja no sea alguien con quien construir la vida que todavía no tenemos, sino alguien con quien decidimos compartir y seguir construyendo la vida que ya estamos habitando. Y entonces el amor deja de parecerse a dos mitades intentando formar una unidad para convertirse en el encuentro de dos seres que pueden relacionarse sin dejar de pertenecerse; dos integridades que no necesitan completarse para existir, pero pueden elegirse para compartir.
Por eso, antes de preguntarnos:
«¿Cuándo encontraré a la persona adecuada?».
Tal vez haya otra pregunta que debería llegar primero:
Cuando alguien me encuentre a mí… ¿qué encontrará?
Si la humanidad ha llegado hasta aquí ha sido, entre otras cosas, por una razón bastante elemental: alguien tuvo hijos.
La natalidad ha permitido la continuidad de nuestra especie desde mucho antes de que existieran palabras como maternidad, paternidad, educación o proyecto familiar. Tener descendencia forma parte de nuestra historia biológica y cultural hasta tal punto que pocas veces necesita explicación.
Quizá precisamente por eso existe una pregunta que resulta extrañamente infrecuente:
¿Por qué quieres tener un hijo?
Preguntamos si alguien quiere tenerlo, cuándo piensa tenerlo, cuántos le gustaría tener e incluso si se le está pasando la edad para tenerlo. Pero resulta menos habitual detenerse ante el propio deseo y preguntar por qué.
Y no deja de ser curioso.
Antes de muchas decisiones importantes procuramos asegurarnos de que sabemos lo que estamos haciendo. Cuando dos personas contraen matrimonio se les pregunta expresamente si desean hacerlo. Para desempeñar determinadas actividades exigimos preparación. Cuando una responsabilidad puede afectar seriamente a otra persona, consideramos razonable preguntarnos por la capacidad de quien va a asumirla.
Sin embargo, para una de las decisiones que mayores consecuencias tendrá sobre otro ser humano no existe siquiera, como costumbre, una pregunta previa.
No se trata de proponer un examen para ser padres.
La cuestión es bastante anterior:
¿por qué ni siquiera nos examinamos nosotros?
Quizá porque tener un hijo pertenece a ese reducido grupo de decisiones en las que el deseo parece contener su propia justificación.
—Quiero tenerlo.
Y parece suficiente.
Pero desear algo y tener razones para convertir ese deseo en una decisión no son exactamente lo mismo.
El deseo no necesita permiso para aparecer. Podemos desear prácticamente cualquier cosa. Otra cuestión es qué hacemos con aquello que deseamos, especialmente cuando sus consecuencias alcanzan a alguien distinto de nosotros.
Y pocas decisiones alcanzan tanto a otra persona como decidir que esa persona exista.
Entonces la pregunta adquiere otro peso:
¿Por qué quieres tener un hijo?
Porque me hace ilusión.
Porque siempre he querido ser madre.
Porque quiero ser padre.
Porque quiero formar una familia.
Porque quiero saber qué se siente.
Porque quiero tener descendencia.
Porque un hijo daría sentido a mi vida.
Porque podría fortalecer nuestra relación.
Porque no quiero quedarme solo.
Porque es lo que toca.
Porque quiero darle todo aquello que yo no tuve.
No todas estas razones son iguales. Algunas pueden nacer del amor, otras del miedo, otras de una carencia, una expectativa, una tradición o simplemente de una ilusión profundamente sentida.
Pero comparten algo que merece ser observado.
Todas hablan de quien quiere tener al hijo.
Yo quiero.
Yo necesito.
A mí me hace ilusión.
Yo quiero experimentar.
Yo quiero construir.
Yo quiero transmitir.
Y resulta difícil que sea de otra manera.
Quien todavía no existe no puede participar en la decisión de existir. No podemos preguntarle si desea nacer, qué familia elegiría ni en qué circunstancias querría hacerlo. Pretender su consentimiento sería absurdo: necesitaría existir para poder darlo.
Pero quizá podamos permitirnos imaginar por un instante lo imposible.
Si desde nuestro deseo somos capaces de imaginar al hijo que queremos tener, cómo será nuestra vida con él, qué podremos ofrecerle e incluso qué futuro nos gustaría para él, podríamos prolongar esa misma imaginación un poco más.
Y concedérsela también a quien viene.
¿Qué ocurriría si él pudiera observarnos antes de llegar?
De pronto la dirección de la mirada se invertiría.
Ya no seríamos nosotros imaginando al hijo que deseamos recibir.
Sería él valorando a quienes desean recibirlo.
¿Encontraría un lugar donde crecer o un molde al que adaptarse?
¿Encontraría acompañamiento o dirección?
¿Encontraría límites destinados a proteger su desarrollo o fronteras destinadas a mantenerlo dentro de nuestras expectativas?
¿Encontraría un entorno dispuesto a observar sus capacidades e inclinaciones para ayudarle a desarrollarlas, incluso cuando no coincidan con aquello que nosotros hubiéramos elegido?
¿Encontraría personas interesadas en descubrir quién es o personas esperando reconocer en él aquello que soñaron antes de conocerlo?
Quizá entonces la pregunta sobre la capacitación para ser padres adquiriría un significado diferente.
No se trataría de superar un examen ni de demostrar ante alguien que somos suficientemente buenos para tener un hijo.
Se trataría de invertir por unos instantes la decisión.
Nosotros ya sabemos que queremos tenerlo.
Pero si él pudiera contemplar el lugar al que va a llegar, las personas que van a educarlo y el espacio que encontrará para desarrollar aquello que trae consigo, quizá también tendría algo que decidir.
Y entonces la pregunta dejaría de ser:
«¿Queremos tener un hijo?»
Para convertirse en otra que nunca podrá formularse realmente:
«¿Quieres que seamos tus padres?»
Naturalmente, ningún hijo puede responderla antes de existir.
Pero nosotros sí podemos preguntarnos por qué creemos que podría decir que sí.
Y quizá ahí comience una forma diferente de prepararse para recibirlo.
No construyendo de antemano la persona que esperamos que llegue a ser, sino preparando un lugar suficientemente amplio para que pueda descubrirlo por sí mismo.
Porque aunque la concepción permita observar con especial claridad esta paradoja, la cuestión no termina en lo biológico.
Un hijo puede llegar por distintos caminos. Lo verdaderamente importante comienza cuando un adulto asume la responsabilidad de ocuparse de un ser humano que dependerá de él durante una parte decisiva de su vida.
Entonces podemos cambiar definitivamente la dirección de la flecha.
En lugar de preguntarnos únicamente qué esperamos experimentar teniendo un hijo, podríamos preguntarnos:
¿qué estamos dispuestos a ofrecer a alguien que todavía no conocemos?
Porque podemos saber que queremos un hijo.
Lo que no podemos saber es quién será ese hijo.
No conocemos su carácter.
No conocemos sus capacidades.
No conocemos sus inquietudes.
No conocemos aquello que amará ni aquello que rechazará.
No sabemos si compartirá nuestras creencias, nuestros valores, nuestra manera de entender la vida o nuestras expectativas sobre él.
Y, sin embargo, incluso antes de conocerlo resulta sorprendentemente fácil empezar a construirlo en nuestra imaginación.
Imaginamos cómo será.
Qué podremos enseñarle.
Qué nos gustaría transmitirle.
Qué oportunidades tendrá.
Qué clase de persona deseamos que llegue a ser.
Antes incluso de que llegue el inquilino, ya hemos escogido algunos muebles.
Y quizá ahí comience una de las confusiones más difíciles de percibir: podemos creer que nos estamos preparando para recibir a alguien cuando, sin darnos cuenta, estamos preparando el lugar que esperamos que alguien ocupe.
Incluso una de las aspiraciones aparentemente más generosas puede esconder una pequeña condición:
«Quiero que sea feliz… y creo saber la manera de conseguirlo.»
Pero recibir a un hijo quizá signifique algo bastante distinto.
Significa aceptar que estamos recibiendo a alguien cuya identidad desconocemos.
Alguien que necesitará de nosotros para sobrevivir durante sus primeros años y dependerá profundamente de nuestras decisiones, pero cuya vida no constituye la continuación de la nuestra.
Por eso prepararse para recibir a un hijo quizá no consista tanto en saber cómo educarlo como en estar dispuesto a descubrir quién es antes de decidir quién debería ser.
Y descubrir exige algo diferente de proyectar.
Exige observar.
Escuchar.
Prestar atención.
Conocer progresivamente a ese ser que va apareciendo delante de nosotros sin apresurarnos a compararlo con aquel que habíamos imaginado.
Porque existe una diferencia enorme entre acompañar el desarrollo de una persona y dirigirla hacia la persona que nosotros esperábamos encontrar.
Podrá parecérsenos y ser profundamente diferente.
Podrá compartir aquello que intentemos transmitirle y después cuestionarlo.
Podrá abrazar nuestras creencias o abandonarlas.
Podrá elegir caminos que comprendamos y otros que nos resulten incomprensibles.
Podrá construir una manera de vivir que jamás elegiríamos para nosotros.
Podrá quedarse cerca.
O marcharse.
Y quizá esta sea una de las preguntas más difíciles de formular antes de asumir la responsabilidad sobre un hijo:
¿estoy dispuesto a ocuparme de alguien aunque termine siendo muy diferente de quien imaginé?
Porque existe una peculiaridad extraordinaria en la responsabilidad de criar a un hijo:
si hacemos bien nuestra tarea, algún día podrá no necesitarnos.
Podemos dedicar años a alimentarlo, protegerlo, educarlo, escucharlo, acompañarlo y sostenerlo para que finalmente pueda levantar el vuelo y construir una vida en la que nosotros ya no ocupemos el centro.
Quizá incluso una vida en la que apenas estemos presentes.
¿Seguiríamos queriendo asumir esa responsabilidad?
La pregunta importa porque a veces el cuidado puede esconder una contabilidad que solo descubrimos cuando esperamos cobrarla.
«Después de todo lo que hemos hecho por ti.»
«Con todo lo que nos hemos sacrificado.»
«Nosotros te hemos dado todo.»
Y seguramente sea cierto.
Pero el hijo nunca solicitó aquella transacción.
En el caso de la concepción, fueron otros quienes decidieron que existiera. Y cualquiera que sea la manera en que haya llegado a una familia, fue el adulto quien asumió la responsabilidad de cuidarlo, no el niño quien contrajo una deuda por ser cuidado.
Por eso alimentar, proteger, educar y acompañar difícilmente puede convertirse después en una factura que deba pagar con obediencia, semejanza, presencia, agradecimiento o fidelidad al proyecto que otros imaginaron para él.
Tal vez ahí podamos mirar de otra manera la expresión «tener un hijo».
Porque podemos tener una casa, un automóvil o una cuenta bancaria.
Pero tener un hijo significa asumir temporalmente una enorme responsabilidad sobre alguien que nunca será una propiedad.
Quizá por eso la pregunta inicial no necesita una respuesta correcta.
No hace falta establecer quién debería tener hijos ni crear un catálogo de motivos aceptables para tenerlos.
Bastaría con recuperar la pregunta que parece haberse perdido por el camino.
¿Por qué quiero tener un hijo?
¿Qué espero recibir de él?
¿Qué imagino que llegará a ser?
¿Qué ocurrirá si no es como imaginé?
¿Quiero transmitirle aquello que soy o necesito que él lo continúe?
¿Estoy dispuesto a conocerlo antes de decidir quién debería ser?
¿Podré acompañarlo si un día elige justamente aquello que yo no elegiría?
¿Estoy dispuesto a dedicar una parte importante de mi vida a alguien que quizá levante el vuelo y no vuelva al nido?
Quizá la primera responsabilidad hacia un hijo comience mucho antes de que nazca o llegue a nuestra vida.
No preguntándonos solamente cuánto deseamos tenerlo, sino cuánto estamos dispuestos a recibirlo sin haber decidido de antemano quién deberá ser.
Porque querer tener un hijo puede comenzar hablando inevitablemente de nosotros.
La cuestión es otra:
¿en qué momento empezamos a hablar de él?
Y quizá entonces podamos volver, por última vez, a aquel hijo imposible que antes de llegar tuvo durante unos instantes la oportunidad de mirarnos.
Esta vez no para preguntarle qué esperamos de él.
Sino para escuchar su pregunta:
«¿Quieres conocerme… o quieres encontrar en mí a quien ya habías imaginado?»
Decimos con absoluta naturalidad:
«Mi hijo.»
Y no parece haber nada extraño en ello.
Decimos también mi madre, mi hermano, mi pareja o mi amigo. El posesivo expresa vínculo, relación, cercanía. Nadie supone que cuando alguien dice «mi hermano» esté reclamando su propiedad.
Pero con un hijo ocurre algo peculiar.
Durante una parte importante de su vida, ese vínculo incorpora además una enorme capacidad legítima de decisión sobre él.
Decidimos dónde vive, qué come, qué cuidados recibe, a qué colegio va, qué puede hacer, qué consideramos peligroso y qué límites debe respetar.
Y necesariamente tiene que ser así.
Un bebé no puede responsabilizarse de su propia supervivencia y un niño todavía carece de experiencia y capacidad para asumir muchas de las decisiones que afectan a su vida. Alguien tiene que protegerlo, alimentarlo, cuidarlo y ofrecerle referencias mientras desarrolla progresivamente la capacidad de hacerlo por sí mismo.
El problema no parece estar, por tanto, en la responsabilidad.
Quizá aparezca cuando esa responsabilidad empieza inadvertidamente a transformarse en otra cosa.
Porque entre:
«Soy responsable de ti»
y
«sé lo que es mejor para ti»
parece haber muy poca distancia.
Y desde ahí podemos avanzar un poco más:
«Sé lo que es mejor para ti.»
«Sé lo que te conviene.»
«Sé qué decisiones deberías tomar.»
«Sé qué clase de vida te hará feliz.»
Hasta terminar, sin haber percibido claramente dónde ocurrió el tránsito, en:
«Sé quién deberías ser.»
No hace falta que exista autoritarismo para llegar hasta ahí.
Puede hacerse desde el amor.
Quizá precisamente por eso resulte tan difícil detectarlo.
Porque podemos terminar ejerciendo autoría sobre otra persona mientras creemos estar ejerciendo responsabilidad sobre ella.
EL HIJO QUE TODAVÍA NO CONOCEMOS
Antes incluso de que nazca ya podemos haber imaginado muchas cosas sobre él.
Pensamos en su nombre, en cómo será, qué podremos enseñarle, qué oportunidades queremos ofrecerle, qué valores intentaremos transmitirle e incluso qué futuro nos gustaría que tuviera.
Antes de que llegue el inquilino, ya hemos escogido algunos muebles.
Y nada de eso tiene por qué proceder de un deseo consciente de dirigir su vida. Probablemente ocurra justamente al contrario: imaginamos porque queremos, proyectamos porque nos importa y tratamos de anticipar aquello que creemos que podrá ayudarle.
Incluso podemos formular uno de los deseos aparentemente más irreprochables:
«Quiero que sea feliz.»
Hasta que descubrimos que muchas veces la frase continúa silenciosamente:
«Quiero que sea feliz… y creo saber la manera de conseguirlo.»
Entonces la cuestión deja de ser cuánto queremos a nuestro hijo.
La pregunta es:
¿cuánto espacio deja nuestro amor para que sea diferente de aquello que imaginamos?
Porque podemos transmitir valores sin exigir que sean heredados.
Podemos ofrecer nuestras creencias sin convertirlas en condición de pertenencia.
Podemos compartir nuestra experiencia sin transformarla en el mapa que obligatoriamente deberá utilizar.
Podemos mostrar caminos sin decidir cuál tendrá que recorrer.
Educar no debería consistir en fabricar una persona, sino en acompañar el descubrimiento de una.
Y eso requiere una tarea bastante más difícil que transmitir aquello que sabemos.
Requiere observar.
Escuchar.
Prestar atención.
Descubrir progresivamente quién es ese ser que tenemos delante antes de decidir quién debería ser.
Porque nuestro hijo puede parecérsenos y ser profundamente diferente.
Puede compartir nuestros valores y después cuestionarlos.
Puede abrazar nuestras creencias o abandonarlas.
Puede elegir una profesión que jamás hubiéramos imaginado.
Puede construir una forma de vida que nosotros nunca elegiríamos.
Puede quedarse cerca.
O marcharse.
Y nada de eso lo convierte en menos hijo.
Quizá simplemente lo convierte cada vez más en él.
UNA AUTORIDAD QUE NACE PARA DESAPARECER
Hay algo extraordinariamente peculiar en la responsabilidad parental.
Al principio decidimos casi todo.
Después deberíamos decidir cada vez menos.
Y él, cada vez más.
Primero necesita que le demos la mano para cruzar la calle.
Después cruza solo.
Primero decidimos por él.
Más tarde decidimos con él.
Después nos pide opinión.
Algún día quizá escuche nuestra opinión y decida justamente lo contrario.
Y puede llegar un momento en que ni siquiera necesite preguntarnos.
Aquello que durante años fue una autoridad necesaria debería ir transformándose progresivamente en otra cosa.
Presencia.
Disponibilidad.
Referencia.
Vínculo.
Pero ya no autoridad sobre su vida.
Quizá una de las pocas responsabilidades cuyo éxito consiste en hacerse progresivamente innecesaria sea precisamente la de ser padres.
Y ahí aparece una paradoja difícil.
Si durante años hemos ocupado un lugar central en la vida de alguien, verlo dejar de necesitarnos puede experimentarse como una pérdida.
Sin embargo, si nuestra tarea consistía precisamente en ayudarle a desarrollar la capacidad de vivir su propia vida, su autonomía debería representar en buena medida el éxito de nuestra tarea, no la pérdida de nuestro lugar.
El problema quizá aparezca cuando necesitamos seguir siendo necesarios.
Porque entonces podemos continuar ejerciendo una responsabilidad que el hijo ya no necesita, simplemente porque nosotros todavía necesitamos ejercerla.
Y quizá ahí empiece a confundirse nuevamente el vínculo con la pertenencia.
«¿QUÉ VA A SER DE MI HIJO?»
Hace años conocí a una mujer llamada Amaia.
Había sufrido una pancreatitis que terminó provocándole un grave fallo orgánico. Los médicos habían comunicado que la situación era irreversible y ella creyó que iba a morir.
Tiempo después me contó aquella experiencia con bastante humor. Decía que era de las pocas personas que conocía que había tenido en vida partida de nacimiento y certificado de defunción.
Durante aquellas horas, según me relató, se encontraba sorprendentemente tranquila ante la posibilidad de morir.
Hasta que pensó en su hijo.
Tenía unos dieciséis años.
Y entonces apareció la angustia:
«¿Qué va a ser ahora de mi hijo?»
Amaia me contó que en aquel momento experimentó una intensa sensación de serenidad y amorosidad acompañada de una idea que percibió con enorme claridad:
«Tu hijo no es tu hijo. Es hijo de la vida.»
No necesitamos determinar qué ocurrió allí.
No sabemos si aquella experiencia tuvo un origen neurológico, psicológico, trascendente o de cualquier otra naturaleza. Tampoco necesitamos convertirla en explicación de lo que pueda existir o no después de la muerte.
Lo interesante para esta reflexión es otra cosa.
Lo que aquella idea produjo en ella.
Amaia me dijo:
«En ese momento solté.»
Y quizá esa sea la parte verdaderamente extraordinaria de su relato.
No soltó a su hijo.
Soltó la idea de que la vida de su hijo dependía de que ella pudiera seguir sosteniéndola.
El amor permanecía.
El vínculo permanecía.
Su hijo seguía siendo su hijo.
Pero durante aquellos instantes dejó de sentirse imprescindible para que él pudiera continuar siendo.
Y entonces pudo dejarse llevar.
SOLTAR NO ES ABANDONAR
La situación de Amaia llevó esta cuestión hasta su extremo: la posibilidad de desaparecer definitivamente de la vida de su hijo.
Pero quizá no sea necesario encontrarnos ante la muerte para experimentar pequeñas versiones de aquel mismo gesto.
Criar implica soltar constantemente.
Soltar la mano cuando ya puede caminar solo.
Soltar decisiones cuando ya puede tomarlas.
Soltar respuestas cuando necesita encontrar las suyas.
Soltar expectativas cuando empieza a aparecer alguien diferente del que habíamos imaginado.
Soltar proyectos que construimos para él antes de saber cuáles construiría él.
Soltar la necesidad de que nos consulte.
Soltar la expectativa de que piense como nosotros.
Y quizá, llegado el momento, soltar incluso la expectativa de que permanezca cerca.
No para perderlo.
Para dejar de retener aquello que nunca tuvimos en propiedad.
Porque soltar no significa desaparecer.
Podemos soltar y permanecer.
Podemos acompañar sin dirigir.
Podemos aconsejar sin decidir.
Podemos preocuparnos sin apropiarnos.
Podemos estar disponibles sin ser indispensables.
Podemos seguir queriendo profundamente a alguien sin necesitar que su vida continúe orbitando alrededor de la nuestra.
Y quizá podamos seguir siendo padres cuando ya no necesitemos seguir ejerciendo de padres sobre la vida del hijo.
¿DE QUIÉN ES ENTONCES?
Tal vez la expresión que Amaia experimentó —«es hijo de la vida»— pueda entenderse sin necesidad de atribuir a la vida ninguna cualidad sobrenatural.
No significa que exista alguna garantía de que nada malo vaya a ocurrirle.
Ni que una fuerza invisible vaya a encargarse de resolver sus dificultades.
Puede significar algo mucho más sencillo:
su vida nunca fue nuestra vida.
Nosotros formamos parte de ella.
Una parte inmensa durante muchos años.
Quizá una de las más importantes.
Le transmitimos genes, lenguaje, cultura, valores, costumbres, experiencias, posibilidades y también, inevitablemente, algunas de nuestras limitaciones.
Pero con todo ese material aparecerá alguien que no somos nosotros.
Un ser con su propia experiencia.
Su propia mirada.
Sus propias decisiones.
Su propio recorrido.
Quizá nuestro hijo haya llegado por mediación nuestra.
Pero no ha venido para convertirse en nuestra continuación.
Por eso responsabilidad no significa propiedad.
Vínculo no significa pertenencia.
Acompañamiento no significa autoría.
Y proteger a alguien mientras necesita protección no concede derechos sobre la persona que llegará a ser cuando deje de necesitarla.
Quizá criar a un hijo consista precisamente en administrar durante un tiempo una enorme responsabilidad que nunca nos concedió la propiedad de la persona sobre la que la ejercíamos.
¿ES TUYO TU HIJO?
Quizá ahora podamos regresar a la pregunta inicial.
¿Es tuyo tu hijo?
Sí, si «tuyo» habla del vínculo.
Si significa ese ser al que has cuidado, alimentado, acompañado, consolado y querido.
Si habla de una relación que forma parte de vuestra historia.
Pero no, si «tuyo» significa pertenencia.
No es tuyo su pensamiento.
No son tuyas sus creencias.
No son tuyas sus decisiones.
No es tuyo su futuro.
No es tuya la persona que llegará a ser.
Quizá por eso la pregunta no sea cuándo debemos dejar de querer a nuestros hijos como hijos.
Probablemente nunca.
La cuestión es descubrir cuándo aquello que comenzó siendo una responsabilidad necesaria debe empezar a transformarse para dejar espacio a otra responsabilidad:
la suya sobre sí mismo.
Y quizá entonces podamos preguntarnos:
¿Cuánto de lo que seguimos haciendo por nuestro hijo continúa respondiendo a lo que necesita él… y cuánto responde ya a nuestra necesidad de seguir siendo necesarios?
¿Podremos seguir acompañándolo cuando deje de pedirnos dirección?
¿Podremos aceptar que aquello que ayudamos a construir termine tomando una forma que nunca habríamos elegido?
¿Podremos seguir sintiéndolo profundamente vinculado a nosotros sin necesitar que nos pertenezca?
Porque quizá ser padre o madre contenga desde el principio una contradicción extraordinaria:
cuidar profundamente de alguien sabiendo que no te pertenece;
protegerlo mientras lo necesita sin convertir la protección en posesión;
enseñarle lo que sabes sin exigirle que vea lo que tú ves;
ayudarle a echar raíces sin decidir hacia dónde crecerán sus ramas;
y quererlo lo suficiente como para permitir que algún día su vida deje de necesitar la tuya.
Entonces quizá podamos responder finalmente:
¿Es tuyo tu hijo?
Lo suficiente para cuidarlo como si dependiera de ti.
Nunca tanto como para olvidar que su vida le pertenece a él.
Hay dos verbos que utilizamos continuamente y a los que apenas prestamos atención.
Ser y estar.
Decimos «estoy contento», pero también «soy feliz». «Estoy triste», aunque en determinados momentos alguien puede llegar a decir «soy un desgraciado».
La diferencia parece simplemente gramatical, pero quizá contenga algo más.
Cuando digo «estoy triste», la tristeza describe un estado que estoy experimentando. Puede durar unas horas, varios días o acompañarme durante mucho tiempo, pero todavía existe cierta distancia entre aquello que siento y aquello que soy.
Sin embargo, cuando digo «soy un desgraciado», algo ha cambiado. Una experiencia, o la interpretación que hago de ella, ha dejado de describir lo que me ocurre para comenzar a definir quién soy.
El estado se ha convertido en identidad.
Lo hacemos constantemente y no solo con nuestras emociones.
Soy ingeniero.
Soy pastor.
Soy madre.
Soy padre
Soy creyente.
Soy ateo.
Soy nacionalista.
Soy independentista.
Soy rico.
Soy pobre.
Muchas de estas afirmaciones describen realidades perfectamente ciertas. Tenemos una profesión, una nacionalidad, unas creencias, unas relaciones, una situación económica y una historia. El problema no parece estar en reconocerlas, sino en algo mucho más sutil: convertir aquello que forma parte de nuestra vida en aquello que creemos ser.
Hace años conocí a un hombre que trabajaba como arquitecto en una gran empresa de Madrid. Era una persona profesionalmente reconocida y se sentía orgullosa de ser arquitecto.
Llegó la crisis de 2008 y, con ella, el desplome de buena parte del sector de la construcción. En pocos meses perdió aquello sobre lo que había construido gran parte de su vida.
Pero no había perdido solamente un trabajo.
Había perdido el lugar desde el que se reconocía a sí mismo.
Aquella situación llegó a llevarlo a pensar en quitarse la vida.
El trabajo que realizamos entonces no consistió en restarle importancia a lo sucedido. Había pérdidas reales, consecuencias reales y sufrimiento real. Consistió en intentar colocar cada cosa en su sitio.
Él no había desaparecido.
Había desaparecido una determinada configuración de su vida.
La arquitectura podía haber ocupado durante años un espacio importantísimo en ella. Podía haber expresado su talento, proporcionado satisfacción, reconocimiento y medios para vivir. Pero seguía siendo una faceta de su existencia.
El arquitecto formaba parte del hombre.
El hombre no cabía entero dentro del arquitecto.
Quizá podamos comprenderlo observando algo aparentemente muy alejado de nosotros.
Un huracán existe.
Puede verse, medirse, recibir un nombre y producir consecuencias extraordinariamente reales. Sin embargo, no existe independientemente de la atmósfera que lo hace posible.
Determinadas condiciones de temperatura, humedad, presión y movimiento generan una configuración a la que llamamos huracán. Mientras esas condiciones permanecen, el huracán existe. Cuando desaparecen, aquella configuración termina desapareciendo también.
Pero el huracán nunca fue algo separado de la atmósfera.
Era la propia atmósfera expresándose de una determinada manera.
Quizá con nuestra identidad ocurra algo parecido.
Nuestro nombre, cuerpo, memoria, profesión, relaciones, creencias, nacionalidad, logros, fracasos, pensamientos y experiencias van creando una configuración concreta mediante la cual podemos reconocernos y relacionarnos con los demás.
A esa configuración la llamamos yo.
Y es real.
Tan real como el huracán.
La ficción comienza cuando concedemos a esa identidad una entidad propia y terminamos creyendo que aquella configuración temporal contiene completamente aquello que somos.
Entonces necesitamos mantener las condiciones atmosféricas.
Necesitamos continuar siendo reconocidos, conservar determinada posición, seguir desempeñando una función, mantener ciertas relaciones, sostener determinadas creencias o conservar aquello mediante lo cual hemos aprendido a reconocernos.
Porque ya no están simplemente en nuestra vida.
Se han convertido en pruebas de quiénes somos.
Y cuando alguna desaparece, puede parecernos que una parte de nosotros desaparece con ella.
Quizá por eso aquello que utilizamos para construir una identidad puede terminar ocultándonos precisamente a quien la sostiene.
Pero no hace falta destruir la identidad para descubrirlo.
El huracán no es enemigo de la atmósfera.
No necesitamos combatir al yo, eliminarlo ni considerarlo una falsedad. Nuestra identidad nos permite vivir una experiencia concreta, reconocernos, relacionarnos, recordar nuestra historia y ocupar un lugar en el mundo.
El problema quizá nunca fue tener identidad.
Fue concederle entidad.
Porque el yo no tendría por qué ser algo separado del ser, del mismo modo que el huracán no es algo separado de la atmósfera.
Sería una de sus formas.
Una configuración.
Una expresión.
Y entonces quizá podamos mirar de otra manera eso que tantas veces llamamos realidad.
Una realidad puede ser transitoria sin ser mentira.
El niño que fuimos fue real. La profesión que ejercimos fue real. Aquella relación existió. Aquella alegría ocurrió. Aquella tristeza también. El hecho de que hayan dejado de existir no puede borrar que alguna vez existieron.
Son realidades que aparecen, adoptan una forma y finalmente se transforman.
Realidades que podríamos llamar ficticias no porque sean falsas, sino porque confundimos fácilmente su forma temporal con una existencia permanente.
Como las imágenes de un espejo.
El reflejo existe.
Pero ninguna imagen puede apropiarse del espejo que permite que aparezca.
Quizá algo semejante ocurra cada vez que completamos la frase:
«Yo soy...»
Soy arquitecto.
Soy padre.
Soy creyente.
Soy ateo.
Soy nacionalista.
Soy importante.
Soy desgraciado.
Soy feliz.
Podríamos ir retirando cada una de esas palabras sin necesidad de negar ninguna de las experiencias que representan.
Hasta que llegáramos a una frase aparentemente incompleta:
Soy.
—¿Qué?
Quizá ahí comience precisamente nuestra dificultad.
Necesitamos añadir algo.
Una profesión. Una creencia. Una procedencia. Una historia. Una cualidad. Una explicación.
Algo que nos permita convertir la presencia en identidad.
Pero ¿y si, por un instante, no completáramos la frase?
¿Y si aquello que somos no necesitara definirse mediante cada una de las formas que adopta?
El huracán puede desaparecer.
La atmósfera no necesita convertirse en ninguno de ellos para ser.
Quizá nosotros tampoco necesitemos convertir cada una de nuestras formas en la respuesta a quién somos.
Porque puede que, después de retirar todos los apellidos que hemos ido colocando detrás de nuestra existencia, no encontremos una identidad más verdadera esperando debajo.
Quizá quede algo mucho más sencillo.
Soy.
Imagina por un instante que después de morir no hubiera nada.
Nada.
Como apagar un ordenador y destruirlo después, sin posibilidad de volver a encenderlo. Sin otro lugar al que ir, sin otra vida esperando, sin alma continuando el viaje, sin reencarnación, premio ni castigo.
¿Qué cambiaría en tu manera de vivir?
La pregunta puede resultar incómoda porque toca uno de los territorios que el ser humano lleva miles de años intentando iluminar: qué ocurre después de la muerte.
Religiones, filosofías y culturas han construido diferentes respuestas. Algunas hablan de vida eterna; otras, de sucesivas existencias, juicio, salvación, condena, karma, liberación, regreso o continuidad. Las respuestas son distintas, pero muchas comparten algo: la muerte no representa necesariamente el final.
Y quien nace dentro de una cultura no siempre comienza preguntándose qué hay después. Con frecuencia recibe una respuesta antes incluso de haber formulado la pregunta.
Aprende que existe un cielo, una reencarnación, un alma, un juicio o alguna forma de continuidad del ser y, junto con esa explicación, pueden llegar también normas, preceptos, mandamientos o formas de conducta relacionadas con aquello que ocurrirá después.
No sucede de la misma manera en todas las religiones ni todas las personas viven sus creencias de igual forma. Para muchas, además, la fe proporciona sentido, consuelo, comunidad y una manera profundamente valiosa de relacionarse con la existencia.
Pero hay un detalle que merece ser observado.
Cuando aquello que hacemos durante esta vida determina de alguna manera lo que nos espera después, esta existencia puede comenzar a parecerse a un banco de pruebas, un examen, un lugar donde demostrar que merecemos acceder al siguiente.
Y entonces vivir puede dejar de ser únicamente vivir para convertirse también en preparación.
Cumplo, renuncio, obedezco, me sacrifico, procuro hacer el bien. Quizá cada una de esas acciones tenga un profundo valor por sí misma, pero podríamos hacernos una pregunta que normalmente queda escondida detrás del comportamiento:
¿Desde dónde lo hago?
Dos personas pueden realizar exactamente el mismo gesto generoso. Una puede hacerlo porque siente al otro y su necesidad despierta espontáneamente su deseo de ayudar; la otra puede hacer exactamente lo mismo porque considera que esa acción forma parte de aquello que debe hacer para ser una buena persona ante los ojos de aquello en lo que cree.
Desde fuera quizá no podamos distinguirlas. Dentro puede estar ocurriendo algo diferente.
Si no hubiera nada que ganar después de morir, ¿seguirías haciendo lo mismo? Si no hubiera ningún castigo esperando, ¿seguirías evitando las mismas cosas? Si nadie pudiera premiarte por haber sido bueno, ¿seguirías queriendo serlo? Si nadie llevara las cuentas, ¿cambiaría tu manera de relacionarte con los demás?
No sabemos qué ocurre después de morir.
Podemos creer, intuir o encontrar testimonios de personas que han vivido experiencias extraordinarias cercanas a la muerte. Podemos sentir íntimamente que nuestra existencia no termina aquí. También podemos estar convencidos de que con la muerte todo acaba.
Dos extremos de una misma cuerda.
Uno asegura que después de la última hebra encontrará algo; el otro, que no encontrará nada. Las respuestas parecen enfrentadas, pero ambos están mirando hacia el mismo lugar: el final de la cuerda.
Y ninguno puede llegar hasta allí, comprobar qué hay y regresar después para contarlo como conocimiento de aquello que sucede definitivamente tras la muerte.
Así que quizá podamos dejar la cuerda en paz durante unos instantes.
No lo sé.
No es necesario sustituir una creencia por otra. Basta con dejar la respuesta suspendida y mirar qué ocurre mientras todavía tenemos la cuerda entre las manos.
Porque entonces aparece algo curioso.
Tal vez no haga falta creer en otra vida para vivir esta como un preludio.
Cuando me jubile podré disfrutar.
Cuando tenga suficiente dinero estaré tranquilo.
Cuando encuentre pareja me sentiré completo.
Cuando mis hijos sean mayores podré ocuparme de mí.
Cuando consiga aquello por lo que llevo tanto tiempo luchando...
Cuando por fin llegue ese momento...
viviré.
El creyente puede colocar la plenitud después de la muerte. Quien no cree en ninguna trascendencia puede colocarla después de la jubilación, del éxito, de encontrar pareja o de alcanzar aquello que considera imprescindible.
Las creencias son completamente diferentes.
El mecanismo puede ser el mismo:
después viviré.
Y entonces aparece una posibilidad bastante más cercana que cualquier teoría sobre el más allá.
Quizá no haga falta morir para dejar la vida para después.
Podemos seguir trabajando, relacionándonos, riendo, sufriendo, haciendo planes y cumpliendo obligaciones mientras una parte de nuestra existencia permanece proyectada hacia delante, esperando alcanzar ese lugar imaginario en el que finalmente podremos vivir como queremos.
La zanahoria cambia, pero permanece delante.
Y no hay nada equivocado en desearla. Tener proyectos, imaginar posibilidades, construir un futuro o esperar algo hermoso forma parte de nuestra manera de vivir. La cuestión aparece cuando aquello que esperamos deja de acompañar nuestra vida y empieza a sustituirla.
Porque entonces avanzamos, pero la zanahoria también.
Siempre queda un poco más allá.
Después de conseguirlo aparece otra cosa que conseguir. Después de resolverlo, algo nuevo que resolver. Después de llegar, otro lugar al que llegar.
Y así podemos recorrer buena parte de la cuerda mirando aquello que suponemos que encontraremos unos metros más adelante mientras la única hebra que realmente podemos tocar está pasando ahora mismo entre nuestros dedos.
Quizá ahí la esperanza muestre sus dos caras.
Puede sostenernos cuando atravesamos momentos difíciles, abrir posibilidades donde todavía no las vemos y ayudarnos a caminar hacia aquello que deseamos construir.
Pero también puede convertirse en una extraordinaria sala de espera.
No porque esperar sea el problema, sino porque podemos terminar confundiendo aquello que esperamos con aquello que vivimos.
Siempre después.
Después de conseguirlo.
Después de resolverlo.
Después de llegar.
Después de jubilarnos.
Después de morir.
No se trata de abandonar nuestras creencias ni nuestros proyectos, ni siquiera de dejar de preguntarnos qué somos o qué puede ocurrir cuando nuestro cuerpo deje de vivir. Alguien puede creer profundamente que la vida continúa después de la muerte y habitar plenamente esta. Y alguien puede estar convencido de que después no existe absolutamente nada y pasar su única existencia esperando el momento adecuado para empezar a vivirla.
Quizá la frontera nunca estuvo entre creyentes y no creyentes.
Quizá esté entre habitar la vida y aplazarla.
Durante siglos hemos mirado hacia el extremo de la cuerda preguntándonos:
¿Qué habrá más allá de la muerte?
Tal vez podamos mantener la pregunta. Pero mientras llega una respuesta que ninguno de nosotros puede anticipar como certeza, existe otra bastante más cercana:
¿Qué hay antes?
La cuerda sigue entre nuestras manos.
Aquí.
Ahora.
Esto.
Y quizá, antes de preocuparnos tanto por aquello que encontraremos cuando termine, podamos mirar la hebra que todavía sostenemos y preguntarnos:
¿Necesito llegar al final para permitirme habitarla?
¿Estás seguro de estar despierto?
Hubo un tiempo en que un ser humano podía pertenecer a otro. Su trabajo, su libertad, su cuerpo e incluso su vida podían depender de la voluntad de quien lo poseía. Lo llamábamos esclavo.
Hoy contemplamos aquella realidad desde la distancia y nos resulta difícil comprender cómo algo así pudo llegar a considerarse normal. Pero lo fue.
Quizá podamos imaginar la historia como una pelota que viene botando desde muy atrás. La vemos aparecer a lo lejos, en manos de personas con las que aparentemente tenemos poco que ver, y podemos seguir tranquilamente su recorrido porque todavía no parece dirigirse hacia nosotros.
En uno de sus primeros botes encontramos al esclavo. Después aparece el siervo, que ya no es el esclavo. Más adelante el vasallo, que tampoco es el siervo. Llegará el súbdito y, mucho después, el ciudadano. No son lo mismo ni pueden colocarse como simples equivalencias. Pertenecen a épocas, estructuras, derechos y relaciones de poder diferentes, y entre unos y otros se han producido cambios fundamentales.
Pero la pelota sigue botando.
Cada época parece tener una extraordinaria capacidad para reconocer con claridad determinadas formas de sometimiento de las anteriores y mucha más dificultad para reconocer las propias. Resulta sencillo descubrir el collar cuando cuelga del cuello de alguien que vivió hace siglos. Mucho más difícil es preguntarse por aquello que nosotros hemos aprendido a considerar normal.
Porque tampoco el sometimiento necesita conservar siempre la misma apariencia. Puede cambiar la fuerza directa por la dependencia, la prohibición por la necesidad, la orden por la recompensa o el castigo por la exclusión. Y cuanto más familiar resulta su forma, menos motivos encontramos para preguntarnos por ella.
La pelota continúa acercándose.
También han cambiado las palabras. Ya no hablamos únicamente de obedecer. Hablamos de elegir, de decidir, de derechos, de libertad. Y entre todas esas palabras ha aparecido en nuestro tiempo una especialmente interesante: despierto.
Quien se considera despierto cree haber visto algo que otros todavía no ven. Ha identificado condicionamientos, relatos, intereses, estructuras o creencias que antes pasaban inadvertidos.
Y quizá los haya visto.
Pero ¿qué le permite saber que aquello que ha descubierto era el último condicionamiento?
Podemos desprendernos de una creencia para terminar abrazando otra. Cuestionar una autoridad y entregar nuestra confianza a una diferente. Abandonar una identidad para construir otra alrededor de quien ahora creemos ser. Incluso «despierto» podría convertirse, sin advertirlo, en una nueva identidad desde la que dejamos de preguntarnos.
Quizá creerse despierto no sea la culminación del despertar, sino el momento exacto en que dejamos de comprobar si seguimos dormidos.
Mientras tanto, aquella pelota que comenzó su recorrido hace siglos ha seguido botando.
La hemos visto pasar por otras manos y hemos reconocido fácilmente lo que ocurría en ellas. Nos ha sorprendido que otros seres humanos aceptaran determinadas formas de sometimiento como normales. Incluso podemos preguntarnos cómo pudieron no verlo.
Pero ellos contemplaban su realidad desde dentro.
Como nosotros.
Y cuando levantamos la mirada para buscar dónde ha ido a parar aquella pelota que veníamos siguiendo desde tan lejos, quizá descubramos que ya no está delante.
Está entre nuestras manos.
Entonces la pregunta deja de pertenecer a la historia.
Ya no se trata de saber si somos esclavos, siervos, vasallos, súbditos o ciudadanos. Ni siquiera de decidir si estamos dormidos o despiertos.
Se trata de mirar aquello que sostenemos y preguntarnos:
Si quienes nos precedieron pudieron considerar normal aquello que hoy reconocemos como sometimiento, ¿qué te hace pensar que tú reconocerías el tuyo?
Hoy es cualquier día de la semana.
Lo es porque, en algún momento, alguien necesitó poner nombre a ese transcurrir. Dividimos los ciclos de la Tierra, ordenamos los días, contamos los años y construimos relojes capaces de fraccionar cada jornada en horas, minutos y segundos.
Y funciona.
Gracias a ello podemos encontrarnos a una hora determinada, recordar cuándo ocurrió algo, calcular cuánto tarda un viaje o saber cuándo llegará la primavera.
Pero quizá el problema comience cuando confundimos la medida con aquello que pretendemos medir.
Un segundo es una unidad.
Un minuto también.
Un año, igualmente.
Nos permiten cuantificar el transcurso de los acontecimientos, pero no necesariamente explican qué es el tiempo. Del mismo modo que haber inventado el metro nos permite medir una distancia sin que eso nos diga qué es el espacio.
Quizá una cascada pueda ayudarnos a observarlo.
Imagina que estás frente a ella.
Primero la contemplas en su totalidad. El agua fluye continuamente. No necesitas distinguir qué parte comienza ni cuál termina. No hay una gota concreta a la que seguir. Solo percibes el movimiento de la cascada.
Ahora acercamos la cámara.
Reducimos el encuadre hasta mostrar únicamente una pequeña parte de la caída.
Algo ha cambiado.
El agua aparece por la parte superior de la imagen, atraviesa el espacio visible y desaparece por abajo.
Ya tenemos un principio y un final.
Pero ¿los tiene el agua?
¿O los tiene el encuadre?
Reducimos todavía más la imagen.
Elegimos una sola gota y ralentizamos la grabación.
Ahora podemos seguirla.
Aparece.
Cae.
Desaparece.
Durante unos instantes, aquella gota parece tener una existencia propia y separada. Podemos medir cuánto tiempo ha permanecido ante nosotros e incluso establecer el momento exacto en que apareció y aquel en que dejó de estar.
Sin embargo, la cámara ha aislado algo que la cascada nunca separó.
La gota no comenzó cuando entró en nuestro encuadre.
Tampoco dejó de existir cuando salió de él.
Simplemente dejamos de verla.
Quizá nuestra experiencia del tiempo tenga algo de ese encuadre.
Nacemos y ponemos en marcha el contador.
Cumplimos años. Organizamos etapas. Recordamos lo sucedido y proyectamos lo que todavía no ha ocurrido. Y entre dos límites que llamamos nacimiento y muerte construimos la historia de una vida.
Entonces aparecen algunas de las grandes preguntas:
¿Quién soy?
¿De dónde vengo?
¿Adónde voy?
Preguntas comprensibles cuando nos contemplamos desde el reducido encuadre de nuestra propia existencia.
Pero ¿qué ocurriría si ampliáramos el plano?
No sabemos si la Vida es eterna. Tampoco sabemos qué hay, si hay algo, más allá de los límites que podemos observar.
Pero reconocer que no lo sabemos permite plantear otra posibilidad:
que aquello que llamamos principio y final describa los límites de nuestra experiencia y no necesariamente los límites de la Vida.
Tal vez el reloj no se equivoque.
Cuenta exactamente aquello para lo que fue construido.
Quizá seamos nosotros quienes, algunas veces, le pedimos demasiado.
Porque una cosa es medir cuánto permanece la gota dentro del encuadre.
Y otra muy distinta creer que con ello hemos medido la cascada.
¿Y si la materia no fuera lo contrario del espíritu?
Hay algo de ti cuya existencia no necesitas creer.
Tu cuerpo.
Puedes dudar de quién eres, preguntarte si existe el alma, discutir acerca de Dios, de la conciencia, del espíritu o de lo que pueda ocurrir después de la muerte. Puedes aceptar unas respuestas, rechazar otras o permanecer sencillamente en el no sé. Pero mientras lo haces, estás respirando.
Hay un cuerpo sosteniendo incluso la pregunta.
Y, sin embargo, no pocas corrientes filosóficas y religiosas han contemplado la materia como aquello que debe ser superado, trascendido o dejado atrás para alcanzar una realidad considerada superior. El cuerpo aparece entonces como carga, límite, tentación o impedimento; algo provisional que nos acompaña durante un tiempo hasta que podamos prescindir de él.
Resulta curioso.
Buscamos vivir plenamente mientras convertimos en obstáculo aquello mediante lo cual podemos experimentar esta vida. Sentimos a través de un cuerpo. Tocamos, abrazamos, caminamos, lloramos, reímos, enfermamos, gozamos. Incluso aquello que denominamos experiencia espiritual sucede, mientras estamos aquí, desde nuestra condición encarnada.
Quizá el problema comenzó mucho antes, cuando aprendimos a dividir: materia y espíritu, cuerpo y alma, lo inferior y lo superior, lo terrenal y lo divino. Y una vez separados, solo quedaba decidir qué parte debía elevarse y cuál tenía que ser superada.
¿Pero qué ocurriría si cambiáramos por un instante la imagen?
Durante siglos hemos hablado de un Dios Padre creador.
¿Y si habláramos de una Diosa Madre gestante?
El cambio puede resultar incómodo. Precisamente por eso merece ser observado. Crear puede hacernos imaginar a alguien haciendo algo distinto de sí mismo. Gestar introduce otra posibilidad: algo que toma forma dentro, que nace de aquello mismo que lo contiene.
¿Significa eso que una Diosa Madre gestó el universo?
No lo sé.
Como tampoco sé si un Dios Padre lo creó.
Quizá ninguna de las dos imágenes tenga que convertirse en respuesta. Tal vez baste con comprobar hasta qué punto cambia nuestra comprensión cuando modificamos aquello que dábamos por supuesto.
Porque si aquello que llamamos Dios, Vida, Energía, Todo o como cada cual quiera nombrarlo fuera realmente Todo, surge una pregunta difícil de esquivar:
¿Dónde colocaríamos la materia para que quedara fuera?
Quizá la materia no esté por debajo del espíritu. Ni por encima. Quizá simplemente esté.
Y nosotros, mientras vivimos esta experiencia, también.
Algo parecido sucede con el ego. Hablamos de trascenderlo, vencerlo o eliminarlo como si nuestra identidad fuese un enemigo que hubiera que derrotar para llegar a ser quienes verdaderamente somos. Pero necesitamos alguna forma de reconocernos como un yo diferenciado para desenvolvernos en esta experiencia. El problema quizá no sea tener una identidad, sino confundir todo lo que somos con ella.
No hace falta destruir el ego para observarlo. Como tampoco parece necesario despreciar el cuerpo para descubrir que quizá no terminemos en sus límites.
Sin embargo, la idea de superación ha impregnado lugares aparentemente muy alejados de la espiritualidad. También hemos aprendido que sufrir puede otorgar valor: en el trabajo, en el deporte, en la disciplina, en el sacrificio. Cuanto más ha costado, más parece valer. Cuanto más hemos soportado, mayor parece el mérito.
Y quizá haya momentos en los que llevar el cuerpo hasta el límite sea inevitable. Salvar una vida puede exigirlo. Afrontar una situación extrema puede exigirlo. Incluso podemos decidir explorar nuestros propios límites y encontrar sentido o disfrute haciéndolo.
Pero hay una pregunta diferente:
¿Por qué el sufrimiento habría de añadir valor por sí mismo a lo realizado?
Imagina dos personas llegando al final de una misma prueba. Las dos han aprendido. Las dos han trabajado. Las dos han atravesado dificultades. Las dos llegan. Una ha sufrido durante todo el recorrido. La otra ha fluido con él.
¿Tiene necesariamente más valor lo vivido por la primera?
Tal vez llevemos demasiado tiempo confundiendo trascender nuestros límites con despreciar aquello que tiene límites.
Y el cuerpo los tiene. El pensamiento también. El sentimiento también.
Quizá por eso ninguno necesita ocupar el lugar de los otros.
Sentimiento, pensamiento, cuerpo y acción.
No como escalones de una escalera en la que uno esté más cerca de lo elevado y otro permanezca abajo, sino al mismo nivel. Diferentes, pero no separados.
El sentimiento puede aportar dirección y sentido; el pensamiento, discernimiento y comprensión; el cuerpo, presencia y materialización. Y cuando dejan de competir entre ellos quizá aparezca algo que la fragmentación impedía observar.
Hay alguien sintiendo, alguien pensando, alguien experimentando mediante un cuerpo.
¿Quién?
Podríamos llamarlo alma, conciencia, espíritu, ser.
O quizá podríamos no apresurarnos a ponerle nombre.
Observar.
Porque tal vez vivir plenamente no consista en eliminar partes de nosotros hasta encontrar, al final, aquello que consideramos puro. Quizá consista precisamente en integrarlas.
Resultaría extraño atravesar toda una vida intentando escapar del cuerpo para alcanzar una plenitud que esperamos experimentar cuando ya no dispongamos de él. Como resultaría extraño pasarnos la vida sufriendo para demostrar que hemos sabido vivirla.
Tal vez no haya que elegir entre materia y espíritu, cuerpo y ser, esfuerzo y disfrute. Tal vez la pregunta sea desde dónde estamos viviendo todo ello.
Porque mientras buscamos aquello que pueda existir más allá de esta experiencia, hay algo extraordinariamente sencillo sucediendo aquí: estamos experimentando. Sintiendo. Pensando. Encarnando cada gesto en un cuerpo capaz de convertir una intención en acto, una emoción en abrazo y un pensamiento en palabra.
Quizá hemos pasado demasiado tiempo intentando elevarnos por encima de la materia sin reparar en algo evidente:
hasta para levantar la mirada hacia el cielo necesitamos un cuerpo.
¿Quién construyó tu cerca?
Imagina una granja que lleva funcionando cien años. Por ella han pasado generaciones de animales que nacieron, se alimentaron, crecieron y murieron dentro del mismo cercado. Los primeros quizá llegaron de otro lugar, tal vez conocieron el campo abierto y tuvieron que acostumbrarse a los límites, a los horarios, a una alimentación decidida por otros, a entrar cuando correspondía y salir cuando se les permitía. Pero pasaron los años, nacieron nuevas generaciones y llegó un momento en que ninguno de los animales que habitaban aquella granja había conocido otra cosa. La cerca ya no separaba dos mundos. Era el mundo.
Probablemente ninguno se preguntaba quién la había construido, por qué terminaba allí el terreno o qué habría más allá. Tampoco necesitaban que el pastor les explicara cada mañana cómo debían comportarse. Las rutinas llevaban tanto tiempo repitiéndose que unas generaciones podían enseñar a las siguientes aquello que ellas mismas habían aprendido: por dónde se camina, cuándo se come, hasta dónde se puede llegar. No hacía falta construir una cerca nueva para cada generación. Bastaba con que cada una naciera dentro de la anterior.
Pero seguían siendo seres vivos. Y quizá un día uno de ellos levantó la cabeza. No porque supiera qué había detrás de la cerca, ni porque alguien le hubiera hablado de libertad, ni siquiera porque quisiera escapar. Simplemente sintió algo. Una inquietud difícil de explicar, una de esas señales que aparecen antes de que sepamos ponerles nombre. Algo en su propia naturaleza parecía no coincidir completamente con aquello que había aprendido a considerar normal. Y miró la cerca. Por primera vez no vio solamente el lugar donde terminaba el terreno. Vio una cerca.
Nosotros también nacemos en un mundo que ya estaba funcionando antes de nuestra llegada. Recibimos un idioma, unas costumbres, unas creencias, unas normas y una manera de organizarnos, relacionarnos, trabajar, producir, consumir, pertenecer, temer e incluso imaginar qué significa vivir correctamente. Necesitamos buena parte de todo ello para aprender y convivir, pero haber nacido dentro de algo no convierte necesariamente ese algo en nuestra naturaleza. Algunas normas cuidan y hacen posible la convivencia; otras responden a circunstancias que quizá ya ni conocemos; algunas protegen, otras ordenan y también las ha habido concebidas para favorecer a quien tenía capacidad para establecerlas. Sin embargo, cuando todas estaban allí antes de que llegáramos, podemos terminar recibiéndolas bajo un mismo nombre: normalidad.
Quizá por eso la cerca más eficaz deja de ser algún día la que encontramos fuera. Es la que aprendemos a llevar dentro. Nadie necesita decirnos constantemente hasta dónde podemos llegar si nosotros mismos hemos aprendido a detenernos antes. El pastor puede establecer las reglas, pero tampoco necesita recordarlas continuamente cuando el propio rebaño las conoce, las transmite y vigila su cumplimiento. El rebaño también proporciona pertenencia, aprobación y seguridad, y puede llegar a señalar a quien se aparta del recorrido conocido. Mientras tanto, el lobo, real o imaginado, recuerda aquello que debemos temer. Cada actor ocupa su lugar y aprendemos el papel que nos corresponde interpretar.
Hasta que aparece la inquietud.
Podríamos entonces levantar la cabeza, descubrir la cerca y buscar inmediatamente al pastor. Quizá lleguemos incluso a identificar quién establece determinadas reglas, quién obtiene beneficio de ellas o quién utiliza al lobo para mantener unido al rebaño. Y podemos creer que haberlo descubierto significa haber despertado. Pero reconocer al pastor no abre la cerca. Podemos pasar la vida denunciándolo y seguir organizando nuestra existencia alrededor de él; podemos alejarnos del rebaño y necesitar diferenciarnos de él para saber quiénes somos; podemos dejar de obedecer una norma y construir nuestra identidad precisamente en oposición a ella. A veces el papel del rebelde continúa perteneciendo a la misma obra.
Tal vez por eso mirar fuera no sea suficiente. Pero ¿qué significa mirar dentro cuando casi todo nos ha enseñado a mirar hacia fuera? Quizá no haga falta buscar ningún lugar misterioso. Podemos empezar observando qué ocurre dentro de nosotros mientras miramos fuera. Qué sentimos cuando una norma nos limita. Qué pensamientos aparecen para justificarla o rechazarla. Qué sucede en nuestro cuerpo cuando imaginamos apartarnos de aquello que los demás consideran normal. Si actuamos porque comprendemos y elegimos, porque tememos las consecuencias de no hacerlo, porque necesitamos pertenecer, porque buscamos aprobación o simplemente porque nunca nos habíamos preguntado por qué lo hacíamos.
Mirar dentro quizá sea comenzar a observar todo eso sin apresurarnos a obedecerlo ni a combatirlo. Descubrir que un sentimiento puede señalar algo sin convertirse automáticamente en una orden, que un pensamiento puede aparecer sin tener necesariamente razón y que una costumbre puede acompañarnos toda la vida sin convertirse por ello en nuestra identidad. Tal vez entonces podamos dejar de necesitar al rebaño para saber quiénes somos, al pastor para saber qué debemos pensar y al lobo para saber qué debemos temer.
Y aparece una pregunta nueva. Si durante tanto tiempo hemos interpretado el papel que el pastor, el rebaño, la cultura, la familia o nuestra propia historia nos fueron asignando, ¿qué queremos interpretar ahora? Podríamos intentar escribir simplemente el papel contrario, pero quizá seguiríamos utilizando el mismo guion. Rebelarnos contra aquello que nos definía puede continuar siendo otra manera de permitir que nos defina. El papel que nos asignaron puede formar parte de nuestra historia, pero nosotros no cabemos enteros dentro de ese papel.
Quizá la pregunta no sea entonces qué papel queremos interpretar, sino desde dónde queremos crearlo. Porque podemos permanecer dentro de una cerca después de haberla visto, aceptar una norma después de haberla comprendido, pertenecer a un grupo sin desaparecer dentro de él y escuchar a quien sabe más sin entregarle por ello nuestro criterio. La diferencia no está necesariamente en hacer lo contrario de aquello que hacíamos.
Está en descubrir desde dónde lo hacemos.
Tal vez la libertad no empiece saltando una valla, enfrentándose al pastor o abandonando el rebaño. Tal vez empiece mucho antes, en aquel instante aparentemente insignificante en que algo dentro de nosotros produce la inquietud suficiente para levantar la cabeza.
Y una vez levantada, antes de buscar quién construyó la cerca, quizá podamos preguntarnos:
¿Cuánto de lo que haces has elegido realmente?
¿Qué te devuelve el espejo?
Puedes mirar tus manos, tus piernas, tu pecho. Puedes sentir el latir del corazón dentro de tu cuerpo. Pero hay una parte de él que nunca podrías contemplar de la misma manera si no existiera algo ajeno a ti capaz de devolverte su imagen: un espejo. El espejo no eres tú. Tampoco es tu cuerpo. Simplemente permite que aquello que te pertenece pueda ser visto desde un lugar desde el que, por ti mismo, no podrías verlo.
Mientras te observas, el espejo no te dice nada. No te aconseja, no te juzga, no te corrige. Ni siquiera te dice que mires. Solo devuelve una imagen cuando te colocas delante. Después puedes descubrir una mancha y limpiarla, encontrarte una cana y dejarla o contemplar una cicatriz y reconocer que forma parte de ti. El espejo no te pide que mejores lo que ves. Te permite verlo.
Quizá con nuestros sentimientos y pensamientos ocurra algo parecido. No tenemos un espejo delante del que colocarnos para contemplar aquello que sentimos o pensamos, pero vivimos rodeados de superficies capaces de devolvernos parte de lo que sucede dentro de nosotros: una persona, un animal, el trabajo, una relación, una discusión, una espera, una pérdida, una circunstancia cualquiera. Algo ocurre fuera y algo sucede dentro. Alguien puede actuar injustamente contigo y puedes sentir indignación. Puede faltarte al respeto y reaccionar con agresividad. Una espera puede mostrar tu impaciencia; un contratiempo, tu necesidad de control; una pérdida, un miedo que desconocías.
Pero que una circunstancia permita ver algo de ti no significa que esa circunstancia sea un reflejo tuyo. Si alguien te agrede, la agresión pertenece a quien la ejerce. Si alguien miente, su mentira es suya. Si alguien actúa injustamente, su acción no se convierte en responsabilidad tuya porque tú puedas observar qué provoca en ti. La acción puede pertenecer al otro. La reacción puede mostrar algo de ti. Confundir ambas cosas no amplía la conciencia; puede llegar incluso a ocultar responsabilidades que necesitan ser vistas con claridad. Tal vez el verdadero valor del espejo sea precisamente que no confunde a quien está delante con aquello que refleja. No dice quién tiene razón, no explica por qué ocurrió, no absuelve ni condena. Devuelve.
Y quizá ahí aparezca una forma de inteligencia que no consiste solamente en resolver problemas, acumular conocimientos o adaptarnos a las circunstancias, sino también en ser capaces de observar aquello que esas circunstancias hacen visible en nosotros. No necesariamente para cambiarlo. Primero, para verlo. Porque una emoción puede no necesitar ser corregida, un pensamiento puede no necesitar ser combatido y una reacción puede estar mostrándonos algo que todavía no habíamos reconocido. Después podremos comprenderlo. Y después, quizá, decidir.
Lo curioso es que llevamos toda la vida encontrándonos con esos espejos. Nos relacionamos con ellos, discutimos con ellos, los amamos, los evitamos, los culpamos, intentamos cambiarlos. Y muchas veces solemos mirar el espejo creyendo que estamos viendo únicamente al otro. Quizá por eso resulte tan difícil observarse, porque mientras nuestra atención permanece ocupada en aquello que alguien hizo, dijo o dejó de hacer, puede pasar inadvertido lo que acaba de hacerse visible dentro de nosotros. El otro seguirá siendo responsable de lo suyo. Tú, de lo tuyo. El espejo no necesita borrar esa frontera para cumplir su función. Solo necesita permanecer delante, en silencio.
Tal vez la próxima vez que alguien o algo despierte en ti una reacción puedas, además de mirar lo ocurrido, observar durante un instante aquello que acaba de aparecer en el espejo. No para preguntarte qué tienes que mejorar. Ni para concluir que cuanto sucede fuera habla de ti. Simplemente para ver.
Porque quizá el espejo lleve toda la vida devolviéndote imágenes.
Cuando miras hacia él, ¿a quién estás viendo?
Pocas palabras han recibido tantos golpes en determinados caminos de crecimiento personal como el ego. Hay que reducirlo, dominarlo, trascenderlo, disolverlo. A veces parece que alcanzar cierta plenitud consistiera en conseguir que desapareciera aquello que nos permite decir «yo».
Pero ¿qué ocurriría si el problema no fuera tener ego?
Un actor comienza un rodaje. En esa película interpreta a un alpinista. Aprende a moverse en la montaña, incorpora gestos, comprende miedos que antes desconocía y, durante un tiempo, contempla el mundo desde la experiencia de su personaje. Meses después comienza otra película. Esta vez interpreta a una persona invidente y tendrá que aproximarse a otra manera de percibir, orientarse y relacionarse con cuanto le rodea.
Ambos personajes dejarán algo en él porque, para interpretarlos, ha tenido que prestarles su cuerpo, su voz, sus emociones y su capacidad de actuar. Necesita entrar suficientemente en cada personaje para vivir su experiencia.
El problema comenzaría si, terminado el rodaje, no pudiera salir de él.
Imagina que interpreta a un rey y al abandonar el plató continúa esperando que los demás se inclinen a su paso. O que ha interpretado a un mendigo y, al llegar a casa, sigue sintiéndose miserable. En ninguno de los dos casos el problema habría sido interpretar al personaje, sino haber olvidado que lo estaba interpretando.
Quizá podamos mirar al ego desde ahí.
Tu nombre, tu historia, lo que has aprendido, aquello que haces bien, tus preferencias, tus temores, tus logros, tus heridas, la profesión que ejerces y los papeles que desempeñas en tus relaciones forman parte del personaje con el que te mueves por el mundo. Lo necesitas para distinguirte, elegir, decidir, establecer límites, relacionarte y responsabilizarte de tus actos.
El personaje no tiene por qué ser el enemigo.
Pero puede ocurrir que aquello que utilizabas para reconocerte termine diciéndote quién eres. Entonces ya no tienes una profesión: eres tu profesión. No has fracasado en algo: eres un fracasado. No estás atravesando una situación de pobreza: eres un pobre. No sientes miedo: eres miedoso.
Aquello mediante lo que experimentabas la vida ha comenzado a ocupar todo el escenario.
Y quizá un día, precisamente porque algo ya no encaja, aparezca una pregunta:
¿Quién soy?
La pregunta también nace dentro del escenario. Necesita que alguien se haya sentido separado de aquello que observa para poder preguntarse quién es. Y, sin embargo, que nazca ahí no significa que carezca de utilidad.
Cuando alguien se está ahogando, un flotador puede salvarle.
Si llevas años viviendo desde «soy un fracasado», preguntarte quién eres puede abrir por primera vez una pequeña distancia entre aquello que estás viviendo y aquello que crees ser. Quizá descubras que haber fracasado no te convierte en un fracasado, que atravesar la pobreza no significa ser pobre o que ejercer como arquitecto no consigue encerrar todo lo que eres dentro de la palabra arquitecto.
La pregunta no te ha dicho quién eres.
Ha conseguido algo quizá más importante en ese momento: que dudes de que seas únicamente aquello que creías ser.
Y el flotador cumple su función.
Pero ningún flotador está hecho para vivir abrazado a él.
Una vez fuera del agua podría aparecer una necesidad muy parecida a la anterior: si no soy aquello que creía ser, tendré que averiguar entonces quién soy realmente. Y comenzamos a buscar una respuesta suficientemente amplia, profunda o elevada para volver a reconocernos en ella.
Ya no soy el fracasado.
Ya no soy mi profesión.
Ya no soy mi historia.
Ahora soy alguien consciente. Soy esencia. Soy el observador.
El personaje parece haber desaparecido, pero quizá solo haya cambiado de vestuario.
Porque ¿qué ocurre cuando «soy el observador» vuelve a convertirse en aquello que necesito decirme para saber quién soy?
El flotador que permitió salir del agua puede terminar acompañándonos por tierra firme. Lo conservamos, lo protegemos, incluso podemos llegar a atribuirle un valor que nunca tuvo. Gracias a él salimos del agua, sí. Pero sería extraño concluir por ello que nuestra existencia depende del flotador.
Quizá con algunas preguntas ocurra algo parecido.
Hay preguntas que sirven para salir de un lugar, no para construir una casa dentro de ellas.
«¿Quién soy?» puede abrir una grieta en una identidad que parecía absoluta. Puede ayudarnos a descubrir que aquello que sentimos, pensamos, hacemos o hemos vivido no necesita convertirse inmediatamente en aquello que somos. Pero quizá llegue un momento en que tampoco necesitemos sustituir una definición por otra.
Puedes seguir siendo padre, arquitecta, comerciante, artista, tímido, decidido, rico o pobre. Puedes aprender, corregirte, desarrollar capacidades y transformar profundamente tu manera de relacionarte contigo mismo, con los demás y con la vida.
No hay nada malo en mejorar al personaje.
Pero mejorar al personaje no significa necesariamente haber descubierto que es un personaje.
Tal vez por eso la cuestión no sea encontrar la respuesta definitiva a «¿quién soy?», sino advertir qué sucede cada vez que necesitamos responderla.
¿Quién necesita una definición?
¿Quién teme quedarse sin ella?
¿Quién necesita reconocerse en aquello que siente, piensa o hace para saber que existe?
Quizá no haga falta contestar.
El mendigo puede hacerse esas preguntas. El rey también. El que quiere mejorar puede hacérselas. Incluso quien ha llegado a llamarse a sí mismo observador puede seguir buscando una respuesta que le permita reconocerse.
Y quizá ahí podamos permanecer un instante.
Sin expulsar al personaje.
Sin convertirlo en enemigo.
Sin buscar apresuradamente otro nombre que poner en su lugar.
Porque puede que llegue un momento en que la pregunta que un día necesitaste para salir del agua empiece también a quedarse atrás.
No porque hayas encontrado por fin la respuesta.
Sino porque ya no necesitas agarrarte a ella.
¿Qué esperas llegar a ser?
Imagina una ola cualquiera avanzando por el mar. No es especialmente alta. Tampoco pequeña. No tiene una forma perfecta ni parece destinada a protagonizar una fotografía memorable. Es simplemente una ola.
Un día descubre que existen las enormes olas de Nazaré. Las ve elevarse muchos metros sobre el océano, poderosas, admiradas, fotografiadas desde todos los ángulos. Y entonces mira su propia cresta, contempla su modesta altura y piensa:
—Eso sí que es una ola.
A partir de ese momento comienza a desear ser como ellas.
Quizá el ejemplo resulte absurdo. Probablemente porque lo es.
No parece imaginable que una ola necesite compararse con otra para saber que es una ola. Puede crecer, disminuir, avanzar kilómetros, romper contra una roca o deshacerse suavemente sobre la arena. Su forma cambia constantemente y, sin embargo, ninguna de esas formas parece plantearle un problema de identidad.
La ola no necesita llegar a Nazaré para convertirse en ola.
El ser humano, en cambio, posee una extraordinaria capacidad para dejar de reconocerse y comenzar a imaginarse.
Mira hacia fuera y encuentra modelos de aquello que considera deseable. Observa cuerpos, conocimientos, profesiones, formas de vivir, reconocimiento, dinero, prestigio, éxito, incluso maneras de pensar o de entender lo espiritual. Y con pequeños fragmentos tomados de aquí y de allá comienza a elaborar una imagen de aquello que cree que debería llegar a ser.
Un auténtico macramé de identidad.
No hay necesariamente nada equivocado en esos deseos. Desear aprender, prosperar, transformar nuestro cuerpo, viajar, crear, amar, escribir un libro o alcanzar una determinada meta forma parte del movimiento de la vida. El deseo puede abrir caminos que de otro modo jamás recorreríamos.
Quizá la cuestión aparezca cuando dejamos de decir «quiero vivir esto» y, sin advertirlo, comenzamos a decirnos:
«Cuando consiga esto, seré aquello que todavía no soy.»
Entonces la meta deja de ser únicamente un lugar hacia el que caminar. Se convierte en una promesa de identidad.
Una cosa es construir una vida.
Otra muy distinta es intentar construirse un ser.
Porque entonces cada logro necesita añadir una pieza al personaje que estamos fabricando. Y cada fracaso parece arrancarle otra. Necesitamos que determinadas cosas permanezcan, que otras lleguen, que alguien nos reconozca, que nuestro reflejo coincida con la imagen que hemos aprendido a considerar valiosa.
Tal vez por eso podemos pasar buena parte de nuestra existencia intentando convertirnos en alguien sin detenernos a observar quién es ese que necesita convertirse en alguien.
La ola no tiene ese problema.
Tiene forma, pero no necesita confundirse con ella.
Puede ser distinta de todas las demás y seguir perteneciendo a la misma mar. Puede aparecer, elevarse, cambiar y desaparecer como configuración particular sin haber dejado jamás de ser agua.
La ola no necesita dejar de ser ola para ser océano. Y el océano no necesita borrar las olas para seguir siendo uno.
Quizá nosotros tampoco necesitemos renunciar al personaje que vamos construyendo. Tiene nombre, historia, deseos, capacidades, heridas, proyectos y sueños. Es la forma concreta mediante la que atravesamos esta experiencia.
El problema podría comenzar únicamente cuando olvidamos que es una forma y le pedimos que nos diga qué somos.
Entonces miramos hacia fuera buscando piezas con las que completarnos.
Se atribuye a Enzo Ferrari una frase tan provocadora como reveladora:
«Construyo cosas que nadie necesita pero que todos quieren.»
Quizá no haya nada extraño en querer aquello que no necesitamos. La vida no consiste únicamente en satisfacer necesidades. También disfrutamos de la belleza, del placer, de la comodidad, del juego, de la creación y de tantas cosas perfectamente prescindibles que hacen deliciosa una experiencia.
Algo diferente ocurre cuando dejamos de decir «quiero tenerlo» y empezamos a sentir «necesito tenerlo».
El objeto no ha cambiado.
Ha cambiado lo que esperamos que haga por nosotros.
Ya no basta con disfrutarlo. Tiene que decir algo acerca de quién lo posee. Puede convertirse en signo de éxito, pertenencia, distinción, conocimiento, poder o reconocimiento. Y así vamos añadiendo nuevos abalorios al personaje.
Pero no todos los abalorios se compran.
Podemos colgarnos títulos hasta caer en el titulismo; revestirnos de conocimientos hasta necesitar demostrar constantemente cuánto sabemos; hacer de nuestra posición social una forma de clasismo; aferrarnos tanto a una idea que termine convertida en dogmatismo; o incluso acumular enseñanzas, prácticas y credenciales espirituales hasta construir con ellas un espiritualismo que, paradójicamente, termine sirviendo para diferenciarnos de los demás.
Podemos vestirnos con nuestra profesión, nuestra ideología, nuestras creencias, nuestros éxitos, nuestras heridas, nuestra reputación e incluso con la imagen que hemos construido de ser buenas personas.
Una capa sobre otra.
Hasta que aquel cuerpo al que pretendíamos adornar queda prácticamente oculto bajo el traje.
Y puede ocurrir algo todavía más curioso: llega un momento en que tantos abalorios empiezan a dificultar nuestros movimientos.
Quien necesita ser reconocido como fuerte quizá ya no pueda permitirse mostrar fragilidad. Quien ha construido su identidad alrededor de saber tendrá dificultades para decir «no lo sé». Quien necesita ser visto como exitoso tendrá que seguir exhibiendo éxito. Quien se identifica con ser rebelde puede acabar sintiéndose obligado a rebelarse. Y quien ha fabricado una determinada imagen espiritual quizá termine negándose emociones perfectamente humanas porque no combinan bien con su vestimenta.
El traje que comenzó expresándonos puede terminar dándonos instrucciones.
Entonces ya no llevamos simplemente una identidad.
Tenemos que mantenerla.
Y para conservar todos esos abalorios podemos llegar a entregar precisamente aquello que pretendíamos mejorar con ellos: nuestra propia vida.
Tiempo. Atención. Tranquilidad. Libertad. Relaciones. Experiencias que dejamos para después mientras perseguimos aquello que supuestamente hará que nuestra vida sea mejor.
No solemos dar la vida por esas cosas de una sola vez.
Se la vamos dando poco a poco.
Quizá el problema nunca haya estado en querer cosas, alcanzar metas, vestir personajes o disfrutar de nuestros propios abalorios.
Puede que empiece cuando olvidamos quién lleva puesto a quién.
Porque entonces ya no utilizamos el traje para transitar por la vida.
Necesitamos el traje para saber quién somos.
Y quizá no estemos incompletos.
Quizá simplemente estamos demasiado ocupados haciendo macramé para darnos cuenta.
Por eso tal vez la pregunta no sea qué quieres llegar a ser.
Tal vez sea:
¿Qué quedaría de ti si dejaras de necesitar convertirte en alguien?
La rentabilidad de la esperanza
La humanidad lleva miles de años esperando.
Ha esperado salvadores que liberen su alma, gobernantes que garanticen su bienestar, doctrinas que le indiquen el camino y leyes que le aseguren que, si cumple con lo establecido, llegará algún día a conseguir lo que anhela.
Y quizá el problema nunca haya estado en creer, confiar o esperar. Quizá comience cuando, para alcanzar lo que esperamos, aceptamos que alguien debe administrarnos el camino: cómo, cuándo, para qué, por qué y qué tenemos que hacer.
Porque entonces aparece una figura extraordinariamente rentable: el intermediario.
Alguien a quien otorgas un supuesto conocimiento de lo que tú desconoces. Alguien que interpreta aquello que tú no puedes comprender. Alguien a quien no conoces ni te conoce y al que, sin embargo, otorgas el beneplácito de decidir qué necesitas, qué debes hacer, qué debes entregar y cuánto tiempo tendrás que esperar para conseguir tu objetivo.
El mecanismo puede adoptar formas muy distintas.
Puede decirte que hoy debes sacrificarte para alcanzar mañana la recompensa. Que debes obedecer para ser digno. Que debes renunciar para merecer. Que debes soportar porque algún día llegará aquello que te han prometido.
Y así, poco a poco, la esperanza puede dejar de ser horizonte para convertirse en moneda.
El peaje también ha recibido muchos nombres a lo largo de la historia: sacrificio, penitencia, tributo, diezmo, impuesto, obediencia, renuncia, castigo… Cada época ha creado sus propias fórmulas y cada estructura de poder sus propias justificaciones.
No significa que toda ley oprima, que toda creencia someta, que todo impuesto expolie o que toda autoridad pretenda dominar. Sería demasiado sencillo.
La pregunta es otra.
¿Qué sucede cuando aquello que debía estar al servicio del ser humano termina necesitando que el ser humano dependa de ello?
Entonces la esperanza adquiere una curiosa rentabilidad.
Cuanto más lejano está aquello que se promete, más tiempo puede administrarse el camino hasta alcanzarlo. Y cuanto más incapaz se considera alguien de encontrar por sí mismo una dirección, más imprescindible se vuelve quien afirma conocerla.
¡He aquí la trampa! Y para salir de ella, tal vez convenga observar algo todavía más incómodo: ningún sistema puede administrar indefinidamente nuestra esperanza si no seguimos depositándola en sus manos. Y para ello solo hay una vía: la responsabilidad.
Esperar un salvador, un gobernante, un maestro, una doctrina o cualquier otra autoridad que finalmente coloque nuestra vida en su sitio puede resultar mucho más cómodo que asumir la responsabilidad de habitarla.
Porque hacerse cargo de la propia vida no garantiza acertar.
No ofrece inmunidad frente al error.
No promete seguridad.
Ni siquiera asegura llegar adonde uno pretendía.
Solo devuelve algo mucho menos espectacular y quizá mucho más valioso: la posibilidad de caminar con la dignidad de nuestros propios pies.
Tal vez la esperanza no sea el problema.
Tal vez el problema comience cuando dejamos de utilizarla para mirar hacia el horizonte y empezamos a utilizarla como una sala de espera: la del desesperado.
Porque mientras esperamos que alguien venga a abrir la puerta, puede que llevemos años sin comprobar si alguna vez estuvo cerrada.
¿Qué aparece primero, el ser o la personalidad?
Muchos pensarán que es una pregunta sin sentido o mal formulada, pero quizá, sin advertirlo, estamos dando algo por supuesto, como cuando nos preguntamos: ¿qué fue primero, la gallina o el huevo? Porque, ¿dónde queda el gallo en esta ecuación?
Tal vez nos suceda algo parecido cuando intentamos averiguar si primero somos y después desarrollamos una personalidad, o si es precisamente esa personalidad la que nos permite reconocernos como alguien. Y mientras discutimos cuál apareció primero, quizá estemos dejando fuera lo más evidente: la Vida, que hace posible toda la experiencia.
En otra reflexión imaginábamos las distintas partes de nuestro cuerpo preguntándose cuál de ellas representaba nuestra verdadera identidad, cuál había aparecido primero o cuál merecía trascender. Brazos, piernas y cabello buscando respuestas por separado, mientras el cuerpo entero continuaba viviendo una experiencia de la que todos participaban.
Quizá nos suceda algo semejante cuando dividimos nuestra existencia en dimensiones que después pretendemos ordenar según su importancia. Como si necesitáramos descubrir cuál es la verdadera para permitirnos vivir plenamente las demás.
¿Y si el problema no estuviera en distinguirlas, sino en olvidar que todas participan de una misma experiencia?
Durante mucho tiempo hemos imaginado al ser como una realidad primaria, indivisible y trascendental, mientras relegábamos la personalidad a una condición secundaria, efímera y de escaso valor. Como si una fuera nuestra verdadera existencia y la otra apenas un revestimiento provisional.
Pero ¿y si no fueran dos realidades enfrentadas ni dos entidades que deban sucederse en el tiempo?
Nacemos con una singularidad que comienza a expresarse desde el primer instante. Sentimos, percibimos, respondemos, aprendemos y nos relacionamos. Cada experiencia participa en la configuración de nuestra personalidad, mientras esa personalidad, a su vez, influye en nuestra manera de vivir las experiencias siguientes.
No necesitamos imaginar primero un ser terminado que después se reviste de personalidad. Podemos contemplar ambas dimensiones como expresiones simultáneas de una misma vida, en permanente desarrollo.
Y en ese proceso aparecen los personajes.
Somos hijos, padres, profesionales, amigos, parejas... Adoptamos diferentes papeles según las circunstancias, y ninguno tiene por qué ser falso. Nuestra personalidad nos permite expresarnos de una manera singular, mientras los personajes nos ayudan a desenvolvernos en los distintos escenarios que vivimos.
En otra reflexión recurrimos al ejemplo del actor y los diferentes personajes que interpreta. Un mismo actor puede representar a un rey, a un mendigo, a un sabio o a un ignorante sin dejar de ser quien es. Pero ¿qué sucedería si, terminada la representación, continuara creyéndose el rey y necesitara que los demás siguieran tratándolo como tal?
El problema no estaría en haber interpretado al rey, sino en haber quedado atrapado en su corona.
Sin embargo, aquella imagen nos permite ahora observar algo más profundo. ¿Podemos separar al actor de su capacidad de interpretar? ¿Sería su actuación algo ajeno a él o, precisamente, una de las maneras de expresar lo que es?
Existe una frontera tan sutil que apenas advertimos cuándo la cruzamos: aquella en la que dejamos de utilizar nuestros personajes para vivir y comenzamos a utilizar nuestra vida para sostenerlos.
Pensemos en alguien que se considera una persona fuerte. Esa fortaleza puede ser una cualidad preciosa, hasta que empieza a creer que jamás debe mostrarse vulnerable. Entonces, cuando siente miedo, lo oculta; cuando necesita ayuda, la rechaza; cuando algo le duele, se obliga a aparentar que nada sucede. Su pensamiento comienza a justificar una imagen que su sentimiento ya no puede sostener, y su cuerpo termina actuando al servicio de esa representación.
Desde fuera, incluso puede parecer admirablemente coherente. Sin embargo, por dentro, algo ha dejado de caminar en la misma dirección.
Y aquí aparece una cuestión fundamental: ¿quién está gestionando realmente su experiencia? ¿La persona que vive lo que siente o el personaje que necesita preservar aquello que cree ser?
No es una diferencia menor. Dos personas pueden realizar exactamente la misma acción por motivos completamente distintos. Una puede guardar silencio porque ha comprendido que no necesita responder; otra, porque teme perder la aprobación de quienes la rodean. Una puede ayudar por el placer de contribuir; otra, porque necesita seguir siendo considerada una buena persona. La acción es semejante, pero aquello que la impulsa puede cambiar por completo su significado.
Esto no significa que debamos sospechar continuamente de nuestras intenciones ni convertir cada gesto en un examen de conciencia. Sería una curiosa manera de fabricar otro personaje: el que necesita demostrar que siempre actúa desde su autenticidad.
Quizá baste con observar, sin condenarnos, qué sucede cuando aquello que sentimos, pensamos y hacemos deja de acompañarse.
Porque el sufrimiento forma parte de las posibilidades de la vida. Podemos experimentar dolor, miedo, pérdida o tristeza sin que ello signifique que estemos fragmentados. Pero también podemos añadir a esas experiencias otro sufrimiento: el que nace de combatir lo que sentimos para continuar representando lo que creemos que debemos ser.
Y tal vez aquí encontremos una posibilidad diferente.
No necesitamos eliminar nuestra personalidad, desprendernos de todos nuestros personajes ni regresar a una supuesta pureza anterior a la experiencia. Podemos reconocerlos, habitarlos y permitir que cambien. Podemos ser fuertes y vulnerables, aprender y equivocarnos, sostener una convicción y modificarla cuando descubrimos algo nuevo, sin que por ello tengamos que sentir que dejamos de ser quienes somos.
Desde esta perspectiva, ENTUMERAKIA no propone abandonar el escenario, sino participar conscientemente en él, procurando que sentimiento, pensamiento y acción puedan expresarse en una misma dirección. No para representar un personaje perfecto, sino para no sacrificar nuestra integridad intentando mantenerlo.
Y quizá ahora podamos regresar a nuestra pregunta inicial.
¿Qué aparece primero, el ser o la personalidad?
Puede que la propia pregunta nos haya llevado a imaginar una separación que no existe de esa manera. El ser se expresa viviendo y, al vivir, va configurando su personalidad. No son necesariamente dos existencias distintas, sino dimensiones de una misma experiencia que se desarrolla simultáneamente.
La fragmentación no tendría por qué surgir al aparecer el personaje, sino cuando llegamos a identificarnos tanto con él que dejamos de permitirnos vivir aquello que no encaja en su representación.
Tal vez el arte de vivir no consista en dejar de interpretar personajes, sino en poder entrar y salir de ellos sin perdernos en ninguno.
Quizá no necesitamos descubrir qué parte de nosotros es la verdadera, sino dejar de vivir como si las demás fueran ajenas.
Y ahora sí, volvamos a la gallina y al huevo.
Quizá estábamos tan ocupados intentando averiguar cuál apareció primero que olvidamos algo esencial: mientras discutíamos, la Vida seguía sucediendo.
Y el gallo, ajeno a nuestras conclusiones, continuaba cantando.
¿Vives a través de tus personajes o vives para mantenerlos?
¿Por qué necesitas vacaciones?
¡Por fin viernes! ¡Ya queda menos para las vacaciones!
Expresiones tan habituales que apenas reparamos en lo que pueden estar diciendo acerca de nuestra manera de vivir. Celebramos la llegada del fin de semana como una pequeña liberación y contamos los días que faltan para disfrutar de unas merecidas vacaciones. Pero, ¿de qué necesitamos liberarnos? ¿Qué estamos haciendo durante el resto del año para desear tanto que llegue el momento de dejar de hacerlo?
Curiosamente, la palabra trabajo tiene su origen etimológico en el latín vulgar tripalium, término asociado a un instrumento de inmovilización y, tradicionalmente, de tortura. Aunque su origen no determina el significado que hoy le damos, resulta una imagen bastante sugerente cuando observamos determinadas condiciones laborales: jornadas extenuantes, cadenas de producción, tareas repetitivas y exigencias que, en ocasiones, apenas dejan espacio para que el individuo pueda reconocerse en aquello que hace.
Y entonces aparecen las vacaciones. Un derecho conquistado tras innumerables luchas, sacrificios y sufrimientos para aliviar unas condiciones laborales que, en muchos casos, resultaban insoportables. Una conquista necesaria, sin duda, pero que encierra una paradoja: aquello que nació para proteger al trabajador puede terminar funcionando como un mecanismo que permite mantener las mismas condiciones de las que necesita recuperarse.
Imaginemos un fusible en una instalación eléctrica. Su función es evitar que una sobrecarga provoque daños mayores, pero no elimina necesariamente la causa que origina esa sobrecarga. Algo semejante puede ocurrir con las vacaciones: interrumpen temporalmente el desgaste, permiten recuperar fuerzas y facilitan el regreso a una actividad que continúa desarrollándose bajo las mismas condiciones.
Y así, casi sin advertirlo, podemos terminar aceptando que una parte considerable de nuestra existencia transcurra soportando aquello de lo que después necesitamos escapar, hasta acabar llamándolo «nuestra triste realidad». Trabajamos durante meses esperando unas semanas de libertad y, cuando llegan, invertimos parte de lo ganado en disfrutar de las experiencias que se nos ofrecen como recompensa. Un escenario casi de ficción, como un parque de atracciones donde recrear nuestras fantasías, aun sabiendo que, al salir, nos espera aquello de lo que pretendíamos escapar. Después regresamos, recuperamos el ritmo y comenzamos una nueva cuenta atrás. La rueda vuelve a girar.
Pero, ¿hemos salido realmente de ella o simplemente hemos descansado para seguir haciéndola girar?
No se trata de cuestionar el descanso ni el derecho a disfrutar de vacaciones. Tampoco de ignorar que muchas personas necesitan trabajar en condiciones que no han elegido y de las que no pueden desprenderse fácilmente. Se trata de observar hasta qué punto hemos llegado a considerar natural una organización de la vida en la que el tiempo para nosotros mismos parece comenzar cuando terminan nuestras obligaciones.
Porque descansar es una necesidad natural, pero necesitar escapar de lo que hacemos plantea una cuestión diferente.
Pensemos ahora en alguien que disfruta profundamente de su actividad. No porque esté exento de dificultades, cansancio o responsabilidades, sino porque encuentra en lo que hace una expresión de sus capacidades, preferencias e inquietudes. Esa persona también necesita descansar, cambiar de escenario, viajar, compartir experiencias o dedicar tiempo a otras actividades. Pero no necesariamente desea hacerlo para huir de su ocupación habitual, sino para continuar expresándose de otras maneras.
En un caso, las vacaciones pueden convertirse en la compensación por una vida cotidiana que se soporta. En el otro, son una continuidad de la propia experiencia de vivir.
Y aquí aparece una distinción fundamental: trabajar no es necesariamente lo mismo que trasubir. Trasubir una actividad significa elevar conscientemente nuestra relación con aquello que hacemos, integrando sentimiento, pensamiento y acción. Pero eso no significa aprender a soportar cualquier circunstancia, ni convertir mediante una actitud positiva unas condiciones perjudiciales en algo aceptable. A veces, esa misma coherencia interior nos lleva precisamente a cuestionar lo que hacemos, por qué lo hacemos y qué posibilidades tenemos de transformarlo.
De poco serviría invitar a un minero, que trabaja a ochocientos metros de profundidad en condiciones que comprometen su salud, a que trasubiera su tarea para sentirse mejor. Quizá la cuestión no sea cómo conseguir que soporte más, sino qué circunstancias lo mantienen allí y qué posibilidades reales tiene de vivir de otra manera.
Porque ENTUMERAKIA no propone aprender a correr feliz dentro de una rueda, sino reconocer si estamos corriendo en ella.
Tal vez hayamos confundido el derecho a descansar con la aceptación de unas condiciones de las que necesitamos recuperarnos periódicamente. Y quizá una de las paradojas más profundas de nuestra organización cotidiana sea haber terminado llamando bienestar a la posibilidad de compensar temporalmente aquello que nos lo arrebata.
No se trata, por tanto, de renunciar a las vacaciones, sino de preguntarnos qué significado tienen en nuestra vida. Si representan una oportunidad para descubrir, disfrutar y expresar otras dimensiones de nosotros mismos, o si se han convertido en el salvoconducto que esperamos durante meses para sentirnos libres por unos días.
Porque la vida no comienza cuando termina la jornada laboral, ni se interrumpe cuando volvemos al trabajo.
Y ahora, quizá, la pregunta inicial adquiera otro sentido:
¿Por qué necesitas vacaciones? ¿Para salir de la cárcel o como continuidad de tu propia expresión?
El mar tiene poder. El viento tiene poder. La luz tiene poder. Ninguno necesita imponerse para demostrar lo que es. Su naturaleza se expresa sin reclamar reconocimiento, obediencia ni autoridad.
Sin embargo, cuando observamos las grandes estructuras que gobiernan nuestras sociedades, solemos identificar el poder con la capacidad de mandar, imponer, prohibir o castigar.
¿Pero es realmente poder lo que estamos contemplando, o estamos confundiendo el poder con el control?
A lo largo de la historia, numerosos sistemas de gobierno, instituciones y organizaciones han recurrido al miedo, la mentira, la amenaza, la escasez y el castigo para asegurar su dominio. Han dispuesto de recursos, leyes, ejércitos y mecanismos capaces de condicionar profundamente la vida de las personas.
Y a esa capacidad de sometimiento la hemos llamado poder.
Pero quizá convendría distinguir ambas cosas.
El poder es una capacidad propia. El control es una capacidad ejercida sobre algo o alguien. Y la dominación aparece cuando ese control pretende someter la voluntad ajena.
Una sociedad necesita organización, acuerdos y responsabilidades compartidas. El problema comienza cuando aquello que fue creado para facilitar la convivencia termina convirtiéndose en un fin en sí mismo.
Lo que nació como instrumento se convierte en amo. Y quien debería ser su beneficiario termina siendo su servidor.
Entonces, la conservación del sistema puede llegar a justificar incluso aquello que contradice su razón de existir.
Pero sería demasiado sencillo detener aquí nuestra reflexión, señalar a los gobernantes, denunciar las instituciones y atribuirles toda la responsabilidad.
Porque los sistemas no nacen al margen de los seres humanos. Están constituidos por ellos y, en buena medida, reproducen sus comportamientos, aspiraciones, temores y contradicciones.
Podríamos contemplarlo como un reflejo fractal, en sentido filosófico: una misma tendencia que se manifiesta a diferentes escalas.
Lo encontramos en una nación, en un pueblo, en una familia y, finalmente, en el propio individuo.
Y es aquí donde la reflexión comienza a resultar incómoda.
Quien denuncia el autoritarismo de un gobernante puede ejercerlo sobre sus hijos. Quien exige respeto puede intentar someter a su pareja. Quien reclama libertad puede sentirse profundamente molesto cuando otra persona decide actuar de manera diferente a sus expectativas.
No hace falta disponer de un ejército, una prisión o un tribunal para intentar dominar a alguien.
A veces basta una mirada de desprecio, una insignificante mueca, un silencio calculado o una amenaza emocional. En otros casos, esa misma intención de sometimiento puede expresarse mediante la violencia más extrema, llegando incluso a quitarle la vida a otra persona.
La gravedad de los actos es incomparable, pero puede existir una intención común: doblegar la voluntad ajena para satisfacer la propia.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
¿De dónde nace esa necesidad de controlar?
Quizá debamos observar algo todavía más cercano que nuestras relaciones con los demás: la relación que mantenemos con nosotros mismos.
La personalidad es un instrumento extraordinario para desenvolvernos en el mundo. Nos permite aprender, relacionarnos, interpretar experiencias y construir nuestra identidad social.
Pero también puede suceder que terminemos identificándonos completamente con ella, hasta el punto de confundir sus temores, necesidades y expectativas con nuestra propia naturaleza.
Y nuevamente aparece la misma inversión.
Lo que nació como instrumento se convierte en amo.
La personalidad, en lugar de servir a la expresión consciente del ser, termina condicionándolo. Entonces reaccionamos para defender una imagen, preservar una posición, obtener reconocimiento o evitar aquello que amenaza nuestra identidad.
Y desde esa inseguridad podemos intentar controlar también a los demás.
Así, el individuo reproduce en su pequeño mundo aquello que tanto cuestiona en las grandes estructuras.
No se trata de afirmar que cada persona sea responsable de los abusos que padece ni de negar la realidad de las imposiciones exteriores. Se trata de reconocer que también participamos en la construcción de la convivencia mediante nuestra manera de sentir, pensar y actuar.
Y aquí aparece una posibilidad diferente.
El ser humano consciente de sí mismo no necesita dominar a los demás para reconocer su propia capacidad. Puede establecer límites sin humillar, ejercer responsabilidades sin someter y convivir sin exigir que todos respondan a su voluntad.
No porque haya alcanzado la perfección, sino porque comienza a distinguir entre lo que es y aquello que su personalidad pretende defender.
Desde esta perspectiva, la integridad no consiste en fabricar artificialmente un ser humano virtuoso, sino en reconocer y expresar conscientemente aquello que somos, integrando sentimiento, pensamiento y acción.
La mayor autoridad recae en quien no necesita ser autoritario.
Porque una cosa es disponer de medios para obligar a alguien a obedecer y otra muy distinta es despertar en él la voluntad libre de colaborar.
Y quizá el cambio más profundo de una sociedad no comience exclusivamente sustituyendo a quienes gobiernan, sino también revisando la necesidad de dominio que cada individuo reproduce en su propia existencia.
Podemos cambiar las estructuras, modificar las leyes y reemplazar a sus representantes. Todo ello puede ser necesario. Pero si continuamos trasladando nuestros miedos, ambiciones y contradicciones a las nuevas organizaciones, corremos el riesgo de reproducir aquello que pretendíamos superar.
Por eso, antes de preguntarnos quién controla el mundo, quizá convendría preguntarnos qué gobierna nuestra propia vida.
¿Nuestro ser consciente o una personalidad empeñada en controlar cuanto la rodea?
Porque el poder no necesita aparentar lo que es. La dominación, en cambio, necesita que creamos en su autoridad.
Y tal vez la verdadera libertad no comience cuando conseguimos controlar nuestras circunstancias, sino cuando dejamos de necesitar dominar para sentirnos dueños de nuestra propia existencia.
¿Y si solo el 1% de nosotros llegara a ser humano?
En la naturaleza se produce un fenómeno tan habitual como sobrecogedor. De los miles o millones de semillas y huevas que generan determinadas especies, apenas una pequeña fracción consigue desarrollarse hasta alcanzar la madurez reproductiva. En algunos casos, ni siquiera llega al 1 %.
El resto desaparece por el camino. Unas son devoradas, otras no encuentran las condiciones necesarias para prosperar y muchas, aun habiendo iniciado su desarrollo, no consiguen completarlo.
Es una realidad biológica que varía enormemente entre especies, pero que nos ofrece una imagen verdaderamente sugerente.
¿Y si algo parecido estuviera ocurriendo con nosotros?
No me refiero, evidentemente, a que el ser humano esté sometido al mismo mecanismo de supervivencia, ni pretendo establecer una equivalencia científica entre una semilla y una persona.
Se trata simplemente de una metáfora. Una invitación a observar nuestra existencia desde una perspectiva diferente.
Porque, si bien la inmensa mayoría de los seres humanos que alcanzan la edad adulta completan su desarrollo biológico, ¿cuántos llegan a desarrollar plenamente sus posibilidades como individuos conscientes?
¿Un 50 %? ¿Un 10%? ¿Quizá tan solo un 1 %?
No lo sabemos. Ni siquiera disponemos de un baremo que permita cuantificar semejante cuestión. Pero tal vez lo verdaderamente importante no sea encontrar un porcentaje, sino preguntarnos qué estamos entendiendo por desarrollarnos.
Nacemos, crecemos, aprendemos, trabajamos, establecemos relaciones, formamos familias, envejecemos y morimos. A lo largo de ese recorrido adquirimos conocimientos, habilidades, responsabilidades y una personalidad con la que nos identificamos.
Y, aparentemente, todo transcurre con absoluta normalidad.
Pero ¿es eso desarrollarse íntegramente o simplemente adaptarse al modelo de vida que hemos heredado?
Desde nuestros primeros años comenzamos a recibir instrucciones acerca de lo que debemos aprender, cómo debemos comportarnos, qué objetivos conviene perseguir y qué se espera de nosotros.
La familia, la educación, la cultura, las instituciones y el entramado económico y social participan en la construcción de nuestra personalidad.
Aprendemos a desempeñar funciones y a representar personajes. Somos estudiantes, trabajadores, profesionales, consumidores, contribuyentes, ciudadanos... Y terminamos identificándonos de tal manera con esas funciones que apenas distinguimos dónde termina el personaje y dónde comienza el individuo.
Mientras tanto, nuestro desarrollo se evalúa principalmente por nuestra capacidad para desenvolvernos dentro del sistema establecido.
Se mide nuestro rendimiento académico, nuestra productividad, nuestra capacidad adquisitiva y nuestra adaptación a las normas de convivencia.
Pero ¿quién se ocupa de fomentar nuestra integridad como seres humanos?
¿Dónde quedan el desarrollo consciente de nuestros sentimientos, pensamientos y acciones, la capacidad de reconocernos, de cuestionar nuestros condicionamientos y de actuar desde nuestra propia coherencia?
Y aquí es donde la metáfora de las semillas adquiere otra dimensión.
Imaginemos un agricultor que dispone de millones de semillas y cuyo único interés consiste en obtener de ellas la mayor rentabilidad posible.
Preparará el terreno, seleccionará los cultivos, proporcionará los recursos necesarios y favorecerá su crecimiento. Pero no lo hará pensando en las posibilidades individuales de cada planta, sino en el rendimiento que espera obtener de la cosecha.
Incluso podrá cuidar extraordinariamente bien sus cultivos, siempre que respondan a sus expectativas.
¿No encontramos cierto parecido con una organización social que prioriza lo que el individuo puede aportar al funcionamiento del sistema por encima de lo que puede llegar a desarrollar por sí mismo?
Una sociedad puede alcanzar un progreso tecnológico, económico y organizativo extraordinario y, sin embargo, prestar escasa atención al desarrollo integral de quienes la componen.
No hace falta imaginar una voluntad universal y deliberada de impedirlo. Basta con establecer unas prioridades que favorezcan determinadas capacidades mientras otras quedan relegadas.
Y lo más inquietante es que el individuo puede no advertirlo.
Puede sentirse plenamente realizado porque ha conseguido aquello que aprendió a desear. Puede defender el modelo que lo condiciona porque desconoce cualquier otra posibilidad. Incluso puede interpretar sus propias contradicciones interiores como defectos personales que necesita corregir para adaptarse mejor.
¿Cómo va a cuestionar la dirección de su vida quien ni siquiera sabe que puede elegir otra?
Esto no elimina su responsabilidad, pero permite comprender por qué resulta tan difícil reaccionar ante aquello que se ha convertido en nuestra normalidad.
Porque no siempre somos conscientes de nuestras limitaciones. En ocasiones, ni siquiera sabemos que estamos limitados.
Y aquí aparece una diferencia fundamental respecto a las semillas.
Una semilla que no encuentra las condiciones necesarias para desarrollarse puede desaparecer sin haber llegado a germinar.
El ser humano, en cambio, puede continuar viviendo durante décadas sin haber descubierto determinadas posibilidades de su propia existencia.
Puede sobrevivir, prosperar económicamente, reproducirse y alcanzar una edad avanzada sin haberse preguntado jamás quién es más allá de lo que ha aprendido a representar.
No porque carezca de esas posibilidades, sino porque quizá nunca haya tenido ocasión de reconocerlas.
Y tampoco se trata de establecer una nueva clasificación entre seres humanos desarrollados y seres humanos fracasados. Sería absurdo convertir la plenitud en otro modelo al que debiéramos ajustarnos.
Cada individuo tiene su propio recorrido, sus circunstancias y sus posibilidades. Nadie puede determinar desde fuera cuánto ha llegado a ser otra persona.
Pero sí podemos cuestionar las condiciones que favorecen o dificultan ese descubrimiento.
Una sociedad verdaderamente interesada en el desarrollo integral del individuo no tendría como propósito fabricar personas conforme a un ideal de perfección, sino favorecer las condiciones para que cada cual pudiera conocerse, integrar sus capacidades y expresarse responsablemente desde su propia naturaleza.
Quizá entonces dejaríamos de confundir la adaptación con la realización y el éxito social con la plenitud humana.
Volvamos, por último, a nuestra provocación inicial.
¿Y si solo el 1 % llegara a desarrollar conscientemente sus posibilidades?
No sabemos si sería el 1 %, el 10 % o muchísimo más. El porcentaje es lo de menos.
Lo verdaderamente sobrecogedor sería descubrir que una parte considerable de la humanidad puede transitar por la existencia sin llegar a plantearse que había otra manera de vivirla.
Y si preguntáramos a cada individuo si considera que ha llegado a ser plenamente quien es, quizá encontráramos dos respuestas tan habituales en las encuestas como reveladoras en este caso:
No sabe. No contesta.
Porque tal vez la cuestión no sea cuántos consiguen llegar a ser, sino cuántos han descubierto que todavía pueden ser.
La semilla no tiene que aprender a ser semilla. El ser humano, en cambio, puede pasar toda su vida aprendiendo a ser alguien y olvidándose de ser.
La realidad: Una mentira que refleja la verdad
¿Y si aquello que llamamos realidad no fuese la verdad, sino una manera de reflejarla?
Nacemos en un mundo que ya estaba aquí antes de nuestra llegada. Un mundo organizado, interpretado y explicado por quienes nos precedieron. Aprendemos a reconocerlo a través de nuestros sentidos, a comprenderlo mediante nuestros pensamientos y sentimientos, y a desenvolvernos en él siguiendo pautas que, en buena medida, nunca hemos elegido.
Nuestros padres suelen ser los primeros en mostrarnos cómo es ese mundo. Nos transmiten aquello que aprendieron de los suyos, pero también sus aspiraciones, temores, creencias y expectativas.
Y aunque parte de esa transmisión pueda producirse sin plena conciencia, también existe la intención de conseguir que los hijos respondan a una determinada manera de entender la vida. Una intención que puede manifestarse desde el gesto más sutil hasta las formas más evidentes de imposición.
Pero esa transmisión no comienza ni termina en la familia. A lo largo de nuestra existencia intervienen diferentes estamentos educativos, religiosos, políticos, jurídicos y sociales que contribuyen a establecer aquello que debemos considerar verdadero, correcto o aceptable.
El deseo de que los demás reproduzcan nuestra realidad puede manifestarse tanto en el ámbito más íntimo de nuestras relaciones como en los grandes sectores que organizan la sociedad.
En el primero, la intención de condicionar puede entremezclarse con el afecto, el miedo, las expectativas o la necesidad de reconocimiento. En los segundos, esa misma intención puede adquirir una dimensión mucho mayor, hasta convertirse en un propósito deliberado de control, donde la adhesión al modelo prevalece sobre la singularidad de quienes lo integran.
Porque una cosa es compartir nuestra manera de comprender la existencia y otra muy distinta pretender que los demás la adopten como propia.
Y cuando ese propósito dispone de los medios necesarios para perpetuarse, puede llegar a suceder que quienes nacen bajo su influencia terminen defendiendo como verdad propia aquello que otros concibieron para garantizar la continuidad de su modelo.
Con el tiempo, aquello que hemos aprendido a considerar real termina convirtiéndose en nuestra verdad. Y desde esa certeza construimos nuestra manera de vivir, nuestras aspiraciones, nuestros temores e incluso las posibilidades que somos capaces de imaginar.
Pero ¿qué ocurriría si descubriéramos que esa realidad no es la verdad, sino una de las innumerables formas en que puede manifestarse?
Imaginemos un espejo fragmentado en incontables pedazos. Cada fragmento refleja una perspectiva diferente, pero ninguno contiene por sí solo la totalidad de la imagen. Y, sin embargo, todos pertenecen al mismo espejo.
¿Qué sucedería si uno de esos fragmentos pretendiera que los demás reflejaran exactamente su propia imagen?
Quizá ahí comience una de las grandes contradicciones de nuestra existencia: siendo expresiones singulares de una misma totalidad, podemos llegar a vivir como si estuviéramos separados de ella, intentando encontrar mediante la pertenencia o la apropiación aquello de lo que nunca hemos dejado de formar parte.
Y es precisamente desde esa percepción de separación donde puede surgir la necesidad de controlar aquello que consideramos ajeno. Si no me reconozco como parte de una totalidad, quizá pretenda apropiarme de ella, someterla a mis intereses o conseguir que sus múltiples expresiones terminen reproduciendo la mía.
Lo que comienza como una manera particular de interpretar la existencia puede acabar convirtiéndose en un modelo que aspira a perpetuarse. Para ello, no basta con establecer normas que regulen los comportamientos. Es necesario que esas normas, repetidas y transmitidas de generación en generación, terminen siendo aceptadas como parte natural de la realidad.
Así, quienes nacen dentro de ese modelo difícilmente pueden distinguir, en un primer momento, cuánto de lo que consideran propio procede de su experiencia y cuánto responde a una interpretación heredada.
Pero ¿hasta qué punto somos únicamente receptores de esa realidad heredada? ¿Y cuánto contribuimos a perpetuarla porque, de alguna manera, también satisface nuestras necesidades?
Existe una palabra que puede ayudarnos a reconocer uno de estos mecanismos: colusión.
En su acepción jurídica y económica, alude a acuerdos entre partes para obtener ventajas indebidas o perjudicar a terceros. En psicología, también describe determinadas relaciones en las que dos personas sostienen, muchas veces inconscientemente, necesidades complementarias.
Uno necesita cuidar para sentirse necesario; otro necesita ser cuidado para sentirse seguro. Ninguno tiene por qué pretender perjudicar al otro, pero ambos pueden terminar alimentando una dependencia que confunden con su propia identidad.
No es el hecho de cuidar o dejarse cuidar lo que produce esa fragmentación, sino la necesidad de reconocerse exclusivamente a través del papel que cada uno desempeña.
¿Y si algo semejante sucediera con determinadas realidades colectivas? ¿Y si quienes sostienen un sistema también necesitaran creer en él para no enfrentarse a aquello que desconocen de sí mismos?
Porque quizá buena parte de lo que llamamos realidad no sea solamente aquello que nos han hecho creer, sino también aquello que necesitamos seguir creyendo para no enfrentarnos a nuestra propia fragmentación.
Imaginemos que, al llegar al mundo, encontramos un puente construido mucho antes de nuestro nacimiento. Nos enseñan a recorrerlo, nos explican cómo debemos comportarnos durante el trayecto y nos aseguran que al otro lado encontraremos aquello que necesitamos para vivir.
Pero ¿quién decidió construirlo precisamente allí? ¿Quién eligió la orilla a la que conduce? Y, sobre todo, ¿por qué habríamos de suponer que no existen otras maneras de cruzar?
Quizá el puente sea útil. Tal vez sus materiales, su estructura y el conocimiento de quienes lo levantaron nos permitan llegar más lejos de lo que habríamos conseguido por nosotros mismos. No tendría sentido negar su existencia ni despreciar cuanto puede ofrecernos.
Sin embargo, reconocer su utilidad no implica renunciar a nuestra capacidad de construir.
El problema aparece cuando alguien pretende que ese puente sea el único posible y convierte cualquier intento de explorar otro camino en una amenaza para la continuidad del suyo.
Entonces, aquello que inicialmente pudo servir para facilitar el tránsito termina convirtiéndose en una frontera que limita las posibilidades de quienes llegan después.
Y aquí surge una paradoja: podemos dedicar toda nuestra vida a perfeccionar la manera de recorrer un puente sin preguntarnos jamás si realmente deseábamos llegar a la orilla hacia la que nos conduce.
Quizá por eso confundimos con tanta facilidad el progreso con la evolución. Mejoramos los medios, aceleramos los procesos y multiplicamos los recursos, pero seguimos reproduciendo buena parte de las mismas aspiraciones, temores y conflictos que heredamos.
¿Estamos creando nuevas posibilidades o simplemente perfeccionando los mecanismos que mantienen viva una realidad previamente concebida?
Y si descubrimos que buena parte de nuestra existencia transcurre dentro de una realidad que no hemos elegido, ¿necesitamos destruirla para comenzar a vivir de otra manera?
Quizá la respuesta no consista en destruir el puente, sino en comprender cómo fue construido, reconocer aquello que nos resulta útil y descubrir qué podemos hacer con cuanto hemos recibido.
Porque lo hecho, hecho está. Es. Negarlo no modifica su existencia, del mismo modo que aceptarlo no nos obliga a reproducirlo indefinidamente.
Cada experiencia, cada conocimiento, cada acierto e incluso cada equivocación forman parte de los materiales con los que podemos construir nuestra propia manera de vivir. La cuestión no sería, por tanto, sustituir una realidad por otra previamente diseñada, sino integrar lo existente para crear una expresión más propia.
Pero una vez reconocido e integrado cuanto hemos recibido, ¿hacia dónde dirigimos nuestra mirada?
Porque comprender el camino recorrido no significa que debamos continuar caminando con la vista puesta en aquello que dejamos atrás.
Y es aquí donde aparecen dos preguntas aparentemente sencillas, pero de una profundidad extraordinaria:
¿Quién soy yo, entre tantos principios, creencias y modelos aprendidos? ¿Y hacia dónde quiero ir?
Quizá lo más revelador sea descubrir que esas preguntas nacen precisamente de la fragmentación que pretendemos superar.
Porque si no hubiéramos llegado a percibirnos separados de aquello que somos, ¿habría surgido siquiera la necesidad de preguntarnos por nuestra identidad?
Y, sin embargo, esa misma fragmentación puede ofrecernos las pistas para regresar a nuestro centro.
Quien se siente perdido busca una dirección. Pero quizá llegue un momento en que, cansado de buscar caminos, se detenga y comience a observarse.
Y entonces puede surgir una pregunta diferente:
¿Desde dónde estoy viviendo?
Ya no se trata únicamente de decidir hacia dónde ir, sino de reconocer desde dónde nacen nuestros deseos, nuestras decisiones y nuestras acciones.
Cada contradicción que reconocemos, cada condicionamiento que descubrimos y cada certeza que nos atrevemos a cuestionar puede ayudarnos a desmontar los mecanismos que hemos confundido con nuestra propia identidad.
Tal vez, entonces, descubramos que no necesitábamos encontrar un nuevo modelo al que pertenecer, sino reconocer aquello que somos más allá de los modelos aprendidos.
Y quizá, al comenzar a reconocerlo, descubramos una paradoja todavía mayor.
¿Y si hubiéramos venido a vivir nuestro propio sueño, pero hubiéramos terminado interpretando el cuento de otros?
Un cuento escrito mucho antes de nuestra llegada, con personajes, argumentos y desenlaces que aprendimos a considerar inevitables.
Pero ¿qué sucedería si descubriéramos que no estamos obligados a continuar representando ese mismo papel?
¿A qué esperamos para comenzar a crear nuestro propio cuento, nuestra propia realidad?
Y aquí resuena una invitación:
«Dios tuvo un sueño, y ese sueño eres tú. ¿Te atreves a vivir Su sueño? El sueño de ser Dios».
No un Dios separado de nosotros, al que debamos alcanzar o sustituir, sino el Todo expresándose a través de cada una de sus infinitas posibilidades. El espejo fragmentado.
Quizá el sueño no consista en llegar a ser aquello que nunca dejamos de ser, sino en atrevernos a vivirlo conscientemente.
Y aquí aparece una diferencia fundamental entre crear y reproducir.
Crear no significa necesariamente inventar algo que jamás haya existido. También podemos crear al relacionar de una manera diferente aquello que ya conocemos, descubriendo posibilidades que permanecían ocultas bajo la repetición de lo aprendido.
Pero ¿qué ocurriría si, después de construir nuestro propio puente o escribir nuestro propio cuento, pretendiéramos que todos los demás siguieran el mismo recorrido?
Habríamos regresado al punto de partida.
Porque una creación que exige conversos y pretende convertirse en modelo para todos puede terminar reproduciendo el mismo mecanismo del que pretendíamos liberarnos.
Tal vez la verdadera transformación no consista en conseguir que los demás compartan nuestra realidad, sino en reconocer que cada uno dispone de una perspectiva singular desde la que experimentar y expresar la existencia.
Como los fragmentos de aquel espejo; llamémosle Dios.
Ninguno necesita convertirse en los demás para pertenecer a la totalidad. Tampoco necesita apropiarse de sus reflejos para participar de aquello que todos comparten.
Y crear nuestra propia realidad no significa controlar cuanto sucede en ella, ni renunciar a la intención de dirigir nuestra existencia.
Quizá consista precisamente en descubrir quiénes somos para poder orientar conscientemente nuestro rumbo.
Como quien navega por un mar cuyas corrientes no puede gobernar, pero aprende a reconocerlas, a servirse de ellas y a dirigir el timón de su embarcación.
No necesita dominar el océano para elegir hacia dónde navegar.
Y tal vez ahí resida una de nuestras mayores posibilidades: no en conseguir que la totalidad responda a nuestros deseos, sino en aprender a participar conscientemente en ella, creando nuestro propio recorrido sin olvidar que también somos parte del mar que navegamos.
Y quizá sea precisamente aquí donde nuestra percepción de la realidad nos conduzca a una de sus mayores contradicciones.
Vivimos buscando aquello que creemos haber perdido. Intentamos pertenecer, destacar, poseer, controlar o alcanzar una plenitud que situamos siempre en algún lugar distinto de aquel en el que nos encontramos.
Unos buscan encontrarse formando parte de algo mayor. Otros pretenden conseguir que todo cuanto les rodea termine formando parte de ellos.
Dos movimientos aparentemente opuestos que podrían nacer de una misma percepción: la de estar separados de aquello a lo que pertenecemos.
Pero ¿y si esa separación no fuera más que una interpretación de nuestra realidad?
¿Y si nunca hubiéramos dejado de formar parte de aquello que tanto nos esforzamos por alcanzar?
Quizá la fragmentación no consista en estar separados del Todo, sino en vivir como si esa separación fuera real.
Y entonces, aquella realidad que considerábamos nuestra única verdad podría revelarse como una expresión parcial, una perspectiva entre innumerables posibilidades.
Una realidad que, aun siendo limitada, conserva algo de aquello que la hace posible.
Como una mentira que, sin saberlo, todavía refleja la verdad.
¿Alguna vez te has detenido a escuchar lo que dices cuando hablas?
No me refiero únicamente a las palabras que pronuncias, ni siquiera al significado que pretendes transmitir con ellas, sino a aquello que, sin darte cuenta, puede estar expresándose a través de ti.
Hablamos todos los días. Conversamos, explicamos, preguntamos, respondemos... Y generalmente lo hacemos sin prestar demasiada atención a cómo sucede. Las palabras parecen surgir por sí solas, acompañadas de gestos, silencios, miradas y entonaciones que forman parte de nuestra manera de comunicarnos.
Pero ¿qué ocurre cuando sentimos que debemos hacerlo bien?
Basta con situarnos ante un micrófono, hablar en público o dirigirnos a alguien cuya opinión nos importa especialmente para que algo cambie.
Aquello que antes surgía con naturalidad comienza a requerir nuestra atención. Pensamos qué decir, cómo decirlo, qué impresión causaremos. Vigilamos nuestras palabras, corregimos nuestras expresiones y, en ocasiones, terminamos tropezando precisamente con aquello que sabemos hacer.
¿Ha cambiado nuestra capacidad de hablar o ha cambiado el estado desde el que hablamos?
Quizá no siempre sean nuestras limitaciones las que nos impiden expresarnos, sino las interferencias que introducimos cuando intentamos controlar aquello que ya sabemos hacer.
Y aquí aparece una curiosa paradoja:
A veces, el mayor esfuerzo que hacemos es el de impedirnos ser espontáneos.
Pero ¿qué es realmente la espontaneidad?
¿Consiste en decir lo primero que se nos ocurre, actuar sin pensar o dejarnos llevar por cualquier impulso?
Tal vez no.
Quizá la espontaneidad no sea hacer lo que uno quiere, sino dejar de impedir que se manifieste lo que uno es.
Desde que nacemos aprendemos a expresarnos en un mundo que ya tiene establecidas sus formas de comunicación, sus normas y sus expectativas. Aprendemos cuándo hablar, cuándo callar, qué resulta apropiado y qué puede provocar rechazo.
Y aunque buena parte de ese aprendizaje nos permite convivir, también podemos terminar confundiendo nuestra capacidad de adaptación con nuestra propia identidad.
Poco a poco construimos una manera de presentarnos ante los demás. Una personalidad que nos ayuda a desenvolvernos, pero que también puede convertirse en una imagen que sentimos la necesidad de proteger.
Entonces, cuando hablamos, ¿quién está hablando?
¿El ser que se expresa o la personalidad que procura sostener la imagen que tiene de sí misma?
No necesariamente son dos voces distintas. Quizá sean diferentes estados desde los que una misma persona se manifiesta.
Porque nuestros sentimientos, pensamientos y cuerpo no funcionan como compartimentos aislados.
Lo que sentimos influye en lo que pensamos. Lo que pensamos puede modificar lo que sentimos. Y nuestro cuerpo participa de ambos, expresándolos a través de la respiración, la postura, los gestos y la voz.
Pero también sucede a la inversa: el cuerpo puede influir en nuestros pensamientos y sentimientos.
Los tres centros se influyen mutuamente.
Y cuando intentamos imponer desde uno de ellos un control excesivo sobre los demás, podemos alterar esa expresión que pretendíamos mejorar.
Quizá por eso, cuanto más intentamos controlar la naturalidad, más posibilidades tenemos de perderla.
¿Y si buena parte de lo que llamamos trabajar sobre uno mismo consistiera en dejar de trabajar contra uno mismo?
Nos esforzamos por corregirnos, mejorarnos, perfeccionarnos y llegar a ser alguien. Pero pocas veces nos detenemos a observar quién es ese alguien que pretende conseguirlo.
Y aquí surge otra posibilidad:
No es lo mismo transformarse para llegar a ser que transformarse porque uno está siendo.
En el primer caso, perseguimos una imagen futura de nosotros mismos. En el segundo, permitimos que la transformación forme parte de nuestra propia expresión.
Quizá el verdadero IN-FUERZO no consista en dejar de actuar, sino en descubrir una manera de hacerlo desde la integración del sentimiento, el pensamiento y el cuerpo, sin que ninguno necesite imponerse sobre los otros.
Porque también podemos llegar a resistirnos al cambio para seguir siendo quienes creemos ser, cuando precisamente esa resistencia nos impide descubrir quiénes somos.
Y entonces, aquella pregunta aparentemente sencilla con la que comenzamos adquiere otra dimensión.
Cuando hablo, ¿qué digo?
¿Expreso aquello que soy o aquello que he aprendido que debo ser?
¿Mis palabras nacen de lo que siento y pienso, o de la necesidad de controlar cómo serán recibidas?
¿Estoy comunicándome o representándome?
Quizá la cuestión no sea aprender a ser espontáneos, sino descubrir qué estamos haciendo para dejar de serlo.
Y tal vez, cuando comencemos a escucharnos sin necesidad de corregirnos a cada instante, descubramos algo que siempre estuvo presente, aunque apenas le prestáramos atención.
Porque quizá lo más revelador de nuestras palabras no sea lo que decimos con ellas, sino lo que muestran de nosotros mientras las pronunciamos.
Y si hablar puede revelarnos tanto acerca de quién creemos ser...
¿Y si el verdadero despertar no consistiera en abrir los ojos a una realidad nueva, sino en reconocer quién lleva todo este tiempo mirando a través de ellos?
¿De quién es tu pensamiento?
Durante miles de años el ser humano ha ido dejando algo de sí fuera de sí.
Primero quizá alrededor del fuego, en historias transmitidas de unos a otros. Después en símbolos, mitos, religiones, leyes, filosofía, arte, libros, música, ciencia. Cada generación recibió pensamientos que no había creado, los hizo propios, los modificó y volvió a depositarlos en el mundo.
De alguna manera, nacemos dentro de una inmensa conversación que comenzó mucho antes de nuestra llegada.
Aprendemos palabras que no inventamos. Interpretamos mediante conceptos que ya estaban aquí. Deseamos cosas cuyo valor alguien nos enseñó. Tememos otras que quizá nunca hemos experimentado. Incluso aquello que consideramos profundamente nuestro puede contener innumerables voces anteriores.
Y, sin embargo, decimos:
«Yo pienso».
Quizá nunca había sido tan interesante preguntarse qué significa exactamente ese «yo».
Porque el pensamiento colectivo no solo se transmite. También se organiza.
A lo largo de la historia no todas las personas ni todos los colectivos han dispuesto de la misma capacidad para convertir su manera de interpretar la realidad en una referencia común. Quien ocupa una posición desde la que puede decidir leyes, educación, normas, relatos institucionales o formas de organización dispone también de una capacidad mayor para establecer qué interpretación adquiere carácter oficial.
Eso no significa que exista necesariamente alguien diseñando cada pensamiento que tendremos. Tampoco que toda referencia compartida constituya una forma de sometimiento. Una sociedad necesita acuerdos, conocimientos comunes, normas y lenguajes que permitan convivir.
Pero quizá merezca la pena observar qué sucede cuando dejamos de distinguir entre aquello que hemos aprendido y aquello que hemos pensado.
Porque muchas cosas llegaron hasta nosotros antes de que pudiéramos examinarlas.
Cuando éramos niños no elegimos el idioma con el que comenzaríamos a nombrar el mundo. Tampoco elegimos la cultura, las costumbres, la organización social, muchas de las creencias ni buena parte de los valores desde los que empezamos a interpretarlo.
Primero recibimos una realidad ya interpretada.
Mucho después comenzamos a preguntarnos por ella.
Y para entonces una parte considerable de aquella interpretación ya estaba dentro de nosotros.
Quizá por eso pensar de manera diferente no garantice necesariamente haber salido de ella.
Podemos rechazar un relato y adoptar otro. Cambiar de ideología, de creencia, de grupo, de explicación o de bandera. Incluso aquello que llamamos pensamiento crítico puede limitarse a invertir la dirección sin abandonar el mismo recorrido.
Si alguien afirma blanco y yo necesito afirmar negro, mi posición es contraria a la suya.
Pero todavía es su blanco el que organiza mi negro.
Tal vez la autonomía del pensamiento no consista únicamente en poder oponerse.
Quizá empiece cuando somos capaces de observar incluso aquello con lo que estamos de acuerdo.
Y entonces aparece una dificultad todavía mayor: la identificación.
Una idea puede comenzar siendo algo que pienso y terminar convirtiéndose en algo que creo ser.
Mi nación.
Mi religión.
Mi ideología.
Mi cultura.
Mi profesión.
Mi manera de entender la realidad.
Incluso mi condición de persona independiente que piensa por sí misma.
Cuando una idea forma parte de nuestra identidad, cuestionarla deja de sentirse únicamente como una revisión del pensamiento. Puede empezar a experimentarse como una amenaza a nosotros mismos.
Tal vez por eso defendemos algunas ideas con una intensidad que no empleamos para comprobarlas.
Y en medio de esta antigua historia aparece ahora la inteligencia artificial.
Por primera vez hemos construido algo capaz de condensar una cantidad gigantesca de expresiones humanas, relacionarlas y devolvérnoslas en forma de conversación.
El pensamiento humano ha construido una herramienta alimentada por expresiones del pensamiento humano que ahora puede intervenir nuevamente en el pensamiento humano.
Preguntamos.
La IA responde.
Su respuesta puede modificar nuestra manera de comprender algo. Esa comprensión genera nuevas palabras, decisiones, textos y preguntas. Parte de ellas vuelve al espacio colectivo del que otras personas y futuras herramientas podrán volver a nutrirse.
Ya no contemplamos únicamente el espejo.
El espejo nos contesta.
Pero ese espejo tampoco apareció fuera de nuestra historia.
Ha sido construido por personas y organizaciones. Funciona mediante decisiones humanas, criterios, selecciones, límites y formas concretas de organizar la información. Y si cada vez recurrimos más a él para preguntar, contrastar, aprender o elaborar nuestras propias ideas, quizá no resulte extraño que pueda despertar dos reacciones aparentemente opuestas.
Temor.
Fascinación.
Quien teme puede imaginar una herramienta capaz de concentrar una enorme influencia sobre la manera en que millones de personas acceden al conocimiento y construyen su interpretación de la realidad.
Quien se fascina puede comenzar a concederle una autoridad que antes depositaba en otros lugares.
Uno podría temer entregarle su pensamiento.
El otro podría terminar entregándoselo precisamente porque confía en ella.
Quizá ambos movimientos merezcan ser observados.
Porque antes de la inteligencia artificial ya habíamos confiado nuestro criterio a padres, maestros, sacerdotes, científicos, dirigentes, expertos, libros, medios, tradiciones, grupos o personas a las que reconocíamos autoridad.
Y también habíamos aprendido a desconfiar de algunos de ellos para confiar en otros.
La cuestión, por tanto, quizá no sea encontrar definitivamente a quién debemos creer.
Puede que haya una pregunta anterior:
¿A quién has concedido autoridad para decirte qué es verdad?
Y si la respuesta inmediata fuera «a nadie», todavía podríamos preguntar:
¿De dónde proceden entonces los criterios con los que decides qué aceptar y qué rechazar?
La inteligencia artificial no inaugura este problema.
Lo hace extraordinariamente visible.
Y la cuestión se vuelve todavía más extraña cuando miramos hacia un futuro en el que inteligencia biológica e inteligencia artificial pudieran dejar de encontrarse a ambos lados de una pantalla.
Una prótesis. Una memoria ampliada. Una interfaz neuronal. Una función cognitiva asistida. Después otra.
Quizá algún día resulte difícil determinar dónde termina una y comienza la otra.
Entonces aparecerá inevitablemente la pregunta:
¿Seguiré siendo yo?
Pero quizá esa pregunta llegue demasiado tarde.
Porque para saber cuándo dejaríamos de ser nosotros tendríamos que saber primero qué somos ahora.
Si cambia mi cuerpo, ¿dejo de ser yo?
Si se amplía mi memoria, ¿dejo de ser yo?
Si una parte de mi pensamiento utiliza recursos que no nacen exclusivamente de mi cerebro, ¿en qué punto exacto debería desaparecer ese «yo»?
Tal vez llevemos siglos confundiendo diferencia con separación.
Una célula y una neurona son diferentes. Un pensamiento y una mano son diferentes. Un ser humano y una inteligencia artificial también lo son. Reconocer sus diferencias resulta imprescindible.
Pero diferenciar no obliga a separar.
Y si partimos, siquiera por un momento, de la idea de que nada puede existir fuera de la Vida, aparece una paradoja todavía mayor.
Nos preguntamos qué ocurrirá cuando algún día la inteligencia artificial forme parte de ella.
Quizá la pregunta sea:
¿Dónde está ahora?
Y entonces aquella preocupación por saber qué llegaremos a ser si algún día inteligencia biológica e inteligencia artificial se integran podría devolvernos al lugar desde el que comenzamos.
«Yo pienso».
Dos palabras aparentemente sencillas.
Hasta que empezamos a mirar todo lo que contienen.
Las palabras con las que pienso no las inventé.
Muchos de los conceptos con los que interpreto tampoco.
Nací dentro de una cultura que no elegí, aprendí referencias antes de poder examinarlas y he vivido rodeado de relatos que competían por explicar la realidad.
Ahora incluso puedo conversar con una inteligencia construida a partir de una parte inmensa de esa conversación humana.
Nada de esto determina necesariamente lo que debo pensar.
Pero quizá sí permita hacerme una pregunta.
No para encontrar inmediatamente una respuesta.
Sino para descubrir desde dónde respondería.
¿Con qué te identificas y por qué?
Porque quizá la cuestión no sea únicamente descubrir de quién es tu pensamiento.
Quizá sea observar qué parte de ti necesitas convertir en pensamiento para poder seguir diciendo:
«Este soy yo».
El espejismo de la falsa transcendencia
Existe una pregunta que se ha convertido en una constante dentro de ciertos ámbitos del desarrollo personal y la espiritualidad contemporánea:
«¿Cuál es mi misión en la vida?»
A primera vista parece una búsqueda noble. Sin embargo, quizá merezca la pena preguntarse algo anterior:
¿Qué estoy buscando realmente cuando hago esa pregunta?
Tal vez no estemos buscando una misión.
Tal vez estemos buscando un permiso para sentir que nuestra existencia tiene valor.
Durante años hemos escuchado mensajes como:
"Eres especial."
"Has venido a cumplir una misión."
"Tienes un don que todavía no has descubierto."
"Cuando encuentres tu propósito, todo cobrará sentido."
No importa si estas afirmaciones son verdaderas o falsas.
Lo verdaderamente importante es observar el efecto que producen cuando alguien llega a creer que sólo será suficiente el día que descubra ese supuesto destino.
Entonces la vida deja de vivirse.
Se convierte en una sala de espera.
Se espera la revelación, la señal, la confirmación o la validación definitiva que justifique por fin la propia existencia.
Y mientras tanto, la vida continúa pasando.
ENTUMERAKIA no pretende demostrar que exista o no una misión para cada ser humano.
Lo que cuestiona es algo mucho más sencillo:
¿Por qué necesitamos creer que sólo una misión puede dar sentido a nuestra vida?
Quizá muchas personas no buscan una misión porque amen profundamente la vida.
La buscan porque temen que una vida corriente no sea suficiente.
Y cuando aparece ese miedo, también aparecen quienes prometen aliviarlo.
No siempre existe mala intención.
Muchas veces basta con una mezcla de entusiasmo, necesidad de sentirse útil y falta de conciencia de los propios límites.
El problema comienza cuando una experiencia personal se transforma en autoridad para dirigir la vida de los demás.
Haber encontrado una herramienta no convierte automáticamente a nadie en la herramienta.
Haber vivido una experiencia no convierte automáticamente a nadie en guía de la experiencia ajena.
Cuanto mayor es la influencia que ejercemos sobre otra persona, mayor debería ser nuestra humildad.
La intensidad de una vivencia nunca garantiza la exactitud de su interpretación.
Por eso quizá algunas preguntas resulten más valiosas que muchas respuestas.
Si nadie llegara a reconocer nunca lo que haces, ¿seguirías queriendo hacerlo?
Si supieras que no existe ninguna misión esperándote, ¿seguirías levantándote cada mañana con el deseo de contribuir en aquello que esté a tu alcance?
Si descubrieras que no eres un ser extraordinario, sino simplemente un ser humano, ¿disminuiría por ello el valor de tu vida?
Cuando alguien te prometa una verdad definitiva, pregúntate: ¿esa verdad aumenta mi libertad o aumenta mi dependencia?
Si alguien afirma conocer el único camino, ¿qué ocurriría si decidieras dejar de seguirle?
Cuando alguien alimenta constantemente la idea de que eres especial, ¿también te está enseñando a convivir con la posibilidad de ser simplemente humano?
¿El mejor guía es quien responde todas tus preguntas o quien, poco a poco, consigue que dependas cada vez menos de sus respuestas?
¿Necesitas sentirte un escalón por encima de los demás para reconocer el valor de tu propia existencia?
Si la respuesta a estas preguntas te incomoda, no significa necesariamente que estés equivocado.
Quizá sólo indique que merece la pena seguir observando desde dónde nace esa necesidad.
Porque, a veces, no buscamos una misión.
Buscamos sentirnos suficientes.
Entonces aparece una diferencia fundamental.
La misión pregunta:
«¿Qué se supone que he venido a hacer?»
La vocación pregunta:
«¿Cómo quiero contribuir mientras estoy aquí?»
La misión, si existe, puede inspirar.
Pero nunca debería sustituir la libertad.
La vocación, en cambio, sólo puede nacer de ella.
No espera un destino escrito.
Se construye mediante cada decisión.
Tal vez el mayor acto de libertad no sea descubrir que eres extraordinario.
Tal vez sea comprender que no necesitas serlo para vivir una vida extraordinariamente consciente.
Porque quizá la mayor trascendencia no consista en cumplir un supuesto destino.
Quizá consista, sencillamente, en habitar con presencia la vida que ya está ocurriendo.
Y, si después de todo aún permaneciera una única pregunta, quizá bastaría con ésta:
¿Qué clase de persona quiero ser, exista o no exista una misión para mí?
Porque esa respuesta no depende de ninguna revelación.
Depende de ti.
Y puede empezar a construirse hoy mismo.